Nuevecita y flamante, salió por primera vez a la venta el viernes 15 de junio de 1928. Una revista de insólita portada sin fotos ni dibujos. Pura letra grande en diseño ultramoderno. Su costo: un peso. Su promesa de aparición: mensual. Su nombre: Contemporáneos.

Destinada a convertirse en la revista literaria más importante de México y a darle nombre al grupo más trascendental del arte y la cultura nacional de la primera mitad del siglo XX, Contemporáneos, en su primer ejemplar fue una sorpresa sin pretensión ni manifiesto, pero rotunda y diferente. Al abrir el primer número, —después de enterarnos de que para ser aseados habíamos de usar talco Spic, obtendríamos atención, calidad y economía solamente en la gran papelería El Modelo, de que las nuevas oficinas del Banco de México estaban totalmente equipadas con muebles de acero art metal y que para conocer los hechos y los hombres de la Revolución teníamos que leer el libro Ocho mil kilómetros de campaña escrito por el general Álvaro Obregón— el lector se topaba con un texto titulado El espíritu del héroe que a la letra decía:

La historia existe solamente para aquello que es capaz de evolucionar: seres o cosas, pero la que nos interesa comprender se refiere al hombre: la que lo interpreta dentro del sentido cósmico y expresa su contenido como una realidad. Lo demás no puede considerarse como verdadera historia en un juicio profundo, sino que entra —como una representación— en la medida de lo que pertenece a cada cuerpo; forma parte de sus transformaciones, de sus pérdidas de sus aumentos. El hombre o pueblo que no cuenten con nada propio, que no se distinguen sino como punto de transición de un grupo a otro grupo, que sólo sean confusión —sin trayectoria clara, sin mutación trascendente en un aspecto punicoi— no nos interesan. La biografía que debe hacerse es la que se elabora cuando la huella trasciende más allá de la familia, cuando abarca un cuadro nuevo del universo.

Varias, muchas páginas después, el autor Bernardo J. Gastélum cerraba su escrito con una declaración de principios, casi una admonición, un serio propósito:

Transformar el temor, inspirado por la ausencia de genio, en la confianza de una trayectoria clara, trazada por un esfuerzo inteligente. Debemos formar hombres distinguidos no negándoles el aplauso. Pero para que este estalle, hagamos el país dándole, junto con la conciencia de su articulación, el programa de su existencia.

El lector respira. Se da cuenta de que este gran texto apela a que nos reconstruyamos con arte e inteligencia. Su espíritu se aliviana al leer la siguiente colaboración. El primer verso de un soneto de Juan Torres Bodet, que se llama “La palabra”:

¡Qué dulce ya, fuera del libro amado, esta palabra lenta, única rosa/ de haber perdido su significado/ menos fragante opero más hermosa!

Después lee otros tres sonetos y se admira con “La inocente aventura del trópico”, un relato del segundo oficial Charlie Reburn de la Marina Mercante American y al Servicio de la United Fruit Company, según subtitula su autor Enrique González Rojo. Ya después la lectura se convierte en mundo entero, un itinerario de viaje siempre insólito que incluye más poesía, un ensayo profusamente ilustrado sobre la obra de Diego Rivera, una sección que bajo el título de “Motivos” reseña una antología de Jorge Cuesta, presenta la columna “Viajes y viajeros”, firmada por Xavier Villaurrutia, habla de la sensación que provoca una sonata de Schubert, publica una satírica “Carta a Fantomas bergantín” (¿quién contó a los pies y dijo que no eran tres?) que termina diciendo: ¿ve usted, querido Bergantín, cómo con los elementos de la cultura podía una realidad desnudarse si no hasta el fantasma si al menos con el maillot con que el cine—incapaz de asirlo— se contenta con representarlo? Y nos cierra las páginas —pero quizá para abrirnos los ojos con otro versillo: “No armemos la pelotera, por así era o si no era; cada cual, a su trabajo, como buen escarabajo”.

Termina el primer número, que según la Enciclopedia de la Literatura Mexicana, fue reseñado favorablemente en varias revistas y periódicos. Una de las primeras críticas apreció en el Repertorio Americano (Costa Rica). Otro reconocimiento se hizo de la Revue de l´Amerique Latine y uno más en la revista argentina Nosotros. Se alababa a los promotores de esta realidad editorial y se reconocía su calidad técnica y literaria. Después se develaron los secretos: los primeros planes concretos para formar una revista de “dimensiones internacionales” habían sido hechos por Torres Bodet, González Rojo, Villaurrutia y Ortiz de Montellano, durante un viaje de la Habana a Veracruz en 1928. Todos habían estado de acuerdo en que sería una publicación que cambiaría el campo cosmopolita de las principales revistas literarias europeas con una apreciación de la cultura latinoamericana. Pero más allá de los números de la revista y gracias a ella, los integrantes del grupo de los Contemporáneos se convirtieron en reunión de talento imprescindible y en punto álgido de la transformación de la estética, los motivos, la cultura y el arte mexicano.

Hoy para celebrar sus 90 años vale la pena pasar lista. En un primer lugar, nueve escritores: Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Gilberto Owen y Carlos Pellicer. En torno a ellos, otros artistas, también notables y repartidos en el tiempo: Ermilo Abreu Gómez, Martínez Sotomayor, Eduardo Villaseñor, Eduardo Luquín, Samuel Ramos, Carlos Díaz Dufoo Jr, Anselmo Mena, Agustín Lazo, Elías Nandino y Celestino Gorostiza.

La revista tuvo dos periodos de financiamiento. Los primeros ocho números fueron subvencionados por Bernardo Gastélum funcionario del Departamento de Salud; con el ascenso de Portes Gil a la presidencia, Genaro Estrada se hizo cargo del financiamiento de la publicación a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Bajo este patrocinio, se publicaron 35 números más. Torres Bodet, Gorostiza y Owen obtuvieron puestos diplomáticos. Bernardo Ortiz de Montellano, a partir del noveno número, asumió la responsabilidad editorial y fue el único director hasta el final, en septiembre, pero de 1931. Cuando terminó, no sólo las letras habían cambiado. También el teatro, la pintura y la forma de pensar editorial, periodística y culturalmente hablando.

Xavier Villaurrutia, reflexionando sobre los Contemporáneos, escribió una carta a Edmundo Valadés en 1934 en la que decía: “El grupo en el que usted me cuenta y en el que yo mismo me incluyo se formó casi involuntariamente por afinidades secretas y por diferencias más que por semejanzas. ‘Grupo sin grupo’, le llamé la primera vez que comprendí que nuestras complicaciones privadas, vuestras desemejanzas corteses, nuestras intenciones, diversas en el recorrido, pero unidas en el objeto de nuestra ambición, tenían que trascender al público como sucedió en efecto. ‘Grupo de soledades’, se le llamó después pensando en lo mismo. Un grupo que no lo es. Unas soledades que se juntan. Y así es y eso fueron en nuestra historia los Contemporáneos: soledades que se juntaron hace 90 años y a favor y a pesar nuestro, nos siguen acompañando”.