El presidente López Obrador ya había condenado de antemano a esos fideicomisos al acusar sobre sus supuestas opacidad y falta de información...

Se ha puesto en ejecución una acción que daña directamente a segmentos en los que había predominado la simpatía por el movimiento Morena: académicos, científicos y artistas.

La medida salió con el sello ya típico en el gobierno de la autodenominada Cuarta Transformación. La extinción de 109 fideicomisos públicos estuvo marcada por el apriorismo y una completa falta de transparencia y justificación. En cuanto a la discrecionalidad autoritaria, el presidente López Obrador ya había condenado de antemano a esos fideicomisos gubernamentales al acusar sobre las supuestas opacidad y falta de información en su operación. Sin embargo, en ningún caso fue posible validar esa acusación ni se recabó denuncia alguna respecto al funcionamiento de dichos fondos. Se trata en realidad de la crónica de una muerte que estaba anunciada. Como lo señaló una diputada de oposición: todos esos fideicomisos tenían comité técnico y estaban sujetos a vigilancia.

Desde el ángulo económico, la justificación de esa medida es imprecisa por no decir que abiertamente falsa. La acción no forma parte, ni puede formar, de la política de austeridad del actual gobierno. De lo que se trata es de desetiquetar recursos públicos que estaban destinados a ciertos fines para que se apliquen a otros con base simplemente en la discrecionalidad de las autoridades. Y no es poco el monto: 68.5 miles de millones de pesos.

La medida de extinguir los fideicomisos de marras permite varias aproximaciones y una de ellas es la meramente electoral. Se ha puesto en ejecución una acción que daña directamente a segmentos en los que había predominado la simpatía por el movimiento Morena: académicos, científicos y artistas. Todo, sin quedar claro cuáles son las finalidades que se buscan con esa medida. Una legisladora que apoyó la decisión declaró: “vamos a seguir fomentando la ciencia y vamos a garantizar la protección a periodistas”. Esa promesa implica claramente una falsedad, desde el momento en que las autoridades gubernamentales ya han decidido una aplicación alternativa para los fondos involucrados. Al respecto, el propio presidente aclaró recientemente que esos recursos serán utilizados para, ante la pandemia, “financiar la reactivación económica sin aumentar impuestos ni decretar gasolinazos”. En otras palabras, en el episodio que nos ocupa se cumplió cabalmente un adagio inglés: “no es posible comerse el pastel y seguirlo teniendo”.

Muchas cosas están en juego en la extinción de los fideicomisos que acaban de ser guillotinados, pero me permito destacar la razón fundamental: la búsqueda desesperada por más recursos para el gobierno. El dinero hay que sacarlo de donde sea, sentenció Luis Cabrera en 1916.

bdonatello@eleconomista.com.mx

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico