Los estímulos monetarios implementados por los bancos centrales durante los últimos cuatro años han tenido un impacto importante sobre los valores relativos entre las diferentes monedas de las principales economías del mundo. La depreciación del dólar frente a casi todas las monedas del mundo ha llevado a varios países, cuyas economías dependen de manera importante del sector exportador, a tomar medidas drásticas para evitar una mayor apreciación de sus monedas.

Cada vez es más evidente que las intervenciones más recientes de los bancos centrales podrían estar desatando una guerra internacional de monedas. Las declaraciones se dan después de los esfuerzos más recientes por parte de varios bancos centrales, como el de Japón, para debilitar sus monedas y detener su apreciación frente al dólar y la constante reticencia de China para permitir una mayor apreciación del yuan. Las intervenciones por parte de las autoridades monetarias de estos países, cuyo sector exportador es un motor muy importante para sus economías, tienen como objetivo evitar que sus exportaciones pierdan competitividad. La propagación de intervenciones de este tipo es como una epidemia que obliga a los demás países exportadores que compiten en los mercados globales para exportar sus productos a seguir políticas similares para depreciar sus monedas.

La proliferación de este tipo de medidas no es un episodio inédito en la historia económica. La política de provocar la depreciación de la moneda de un país para incrementar la competitividad de sus exportaciones es conocida en el mundo económico como la política de mendigar al vecino (beggar-thy-neighbor, en inglés).

En muchas ocasiones, dicha política incluye también la implementación de barreras a las importaciones, de tal manera que el país que está implementando la política se ve beneficiado a costillas de sus socios comerciales –los vecinos en esta analogía. El episodio más conocido de propagación de este tipo de política fue durante la Gran Depresión de 1930, cuando varios países buscaban reactivar sus economías mediante una mayor actividad en el sector exportador y la protección de su mercado doméstico.

En aquella ocasión, el primer país en intervenir para debilitar su moneda fue Francia, en 1928. Esto fue seguido por Gran Bretaña dos años después, al implementar restricciones a las importaciones de bienes. La respuesta por parte de Estados Unidos (EU) no se hizo esperar y en 1930 aprobó una serie de tarifas a la importación de bienes con el objetivo de reactivar la industria doméstica. La decisión de EU provocó represalias de todos sus socios comerciales, acelerando el colapso del comercio global. El impacto fue más severo para los países que tenían un superávit en la balanza comercial, como EU.

El G-20 y el FMI son conscientes de los riesgos que conlleva la propagación de este tipo de políticas y deben jugar un papel preponderante en el cabildeo para implementar una mayor coordinación de políticas monetarias y fiscales de las principales economías del mundo.

Desafortunadamente, hasta ahora han tenido muy poco éxito. La ausencia de coordinación podría resultar en una serie de intervenciones aisladas en los mercados cambiarios que seguramente incrementaran la incertidumbre y la volatilidad, además de incrementar el riesgo de una ola de proteccionismo comercial que sin duda sería muy nocivo para la aún frágil recuperación global.

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