Siguiendo el guión, Trump desató una guerra comercial al imponer, con un muy cuestionado argumento de seguridad nacional, aranceles a las importaciones de acero y aluminio provenientes de la Unión Europea, Canadá y México. Su argumento central es que hay que proteger a las industrias estadounidenses en estas dos ramas de actividad para impulsar el empleo. Esto no tiene sentido, ya que inclusive puede suceder que se dé el efecto contrario, una reducción neta del empleo a nivel agregado al encarecer la producción de todos aquellos bienes que utilizan estos dos como insumos. La respuesta de los países afectados no se hizo esperar y se decretaron represalias comerciales a diversos bienes exportados por Estados Unidos, con un efecto negativo adicional sobre el empleo. Trump no conoce la historia (al parecer sus asesores en comercio exterior tampoco) y existe el peligro de que ésta se repita, tal como sucedió con la promulgación del Acta Hawley-Smoot y que derivó en que una simple recesión se transformara en la gran depresión de la década de los 30 del siglo pasado.

La respuesta mexicana, en particular la imposición de aranceles a determinados productos, tiene como objetivo presionar a actores políticos cuyos estados (en el caso de gobernadores y senadores) y distritos electorales (en el caso de representantes) se verían directamente afectados para que ellos, a su vez, presionen a Trump a meter la reversa. Este mismo enfoque se utilizó con el conflicto derivado de la negativa de permitir el ingreso de transportistas de carga mexicanos durante el gobierno de Obama y funcionó. ¿Funcionará ahora? Lo dudo; Trump es un necio y su visión del comercio internacional ni siquiera es mercantilista, es todavía más equivocada, ya que ve el resultado de la balanza comercial como si fuese el estado de resultados de una empresa: superávit es igual a ganancias y déficit es igual a pérdidas.

Trump obviamente enfureció con las represalias y nuevamente lanzó uno de sus tuits, afirmando que con un déficit comercial de 800,000 millones de dólares no se puede perder una guerra comercial y que es tiempo de “volverse inteligentes” (sic), lo que puede llevar a pensar que estaría dispuesto a imponer aún mayores aranceles a otros bienes (ya ordenó al Departamento de Comercio una investigación, también con el argumento de seguridad nacional, sobre las importaciones de automóviles con la amenaza de imponer aranceles de 25 por ciento). Por otra parte, señaló que en lugar del TLCAN prefiere acuerdos bilaterales con Canadá y con México.

Esta semana se lleva a cabo en Canadá la reunión del G7 (Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña, Japón, Canadá y Estados Unidos). Previo a la reunión de jefes de Estado, seis de los países, al unísono, ya le hicieron ver a miembros del gobierno de Estados Unidos su negativa y rechazo a las medidas proteccionistas que éste adoptó. Inclusive se ha señalado que no es una reunión del G7 sino una del G6 + 1: todos unidos contra Estados Unidos.

¿Qué sigue? Difícil decir, dado lo impredecible que es Trump, pero es un hecho que en la reunión de jefes de Estado se enfrentará a un ambiente poco amigable si no es que abiertamente hostil. ¿Se irá contra la OMC, con la cual tampoco está de acuerdo? ¿Anunciará en la reunión o inclusive previo a ésta su decisión de salirse del TLCAN?

En una guerra comercial no hay ganadores, sólo perdedores. Difícilmente Trump recapacitará; para él, el comercio internacional es un juego de suma cero y el resto del mundo ha ganado a costa de Estados Unidos. ¿Qué va a hacer el gobierno mexicano?

IsaacKatz

Economista y profesor

Punto de vista

Profesor de Economía, ITAM. Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.