La erupción de optimismo que se desbordó el lunes pasado, luego del anuncio realizado por la Unión Económica Europea sobre la conformación de un paquete de ayuda multilateral para los países integrantes de esa organización, fue sólo eso: un desfogue cortoplacista.

Desde luego, esa acción por parte de la UE es en el sentido correcto al igual que las medidas excepcionales anunciadas por el Banco Central Europeo para restaurar la estabilidad. Con todo, no son acciones dirigidas al corazón del problema.

Hay que decirlo: las cosas no se compondrán con tan sólo las importantes medidas tomadas por la UE y el BCE: los países emproblemados se tienen que ajustar. No obstante, el punto medular es que ese ajuste no sólo puede consistir en que Grecia, España y Portugal corrijan sus finanzas públicas elevando los ingresos y reduciendo los gastos.

La problemática en las economías del viejo continente, que ha dado lugar a los vaivenes financieros y a las recientes amenazas de pánico, tiene dos dimensiones.

Primero, con respecto a la cura o saneamiento de los países integrantes de esa Unión que presentan vulnerabilidades. Segundo, en relación con las medidas que deben adoptarse para prevenir reincidencias y recaídas.

Para sanear su balanza de pagos, Grecia sobre todo, aunque también los demás países mencionados, debe elevar sus exportaciones mediante un fortalecimiento de la productividad.

En esta coyuntura, esa finalidad únicamente puede conseguirse a través de la reducción de los salarios.

¿Cómo podrán lograr esa finalidad Grecia, España, Portugal y compañía? Isaac Katz ya lo planteó en este espacio con lucidez. Cuando un país tiene su propia moneda, esa necesidad se consigue fácil, simplemente mediante una depreciación del tipo de cambio. Sin embargo, Grecia se encuentra en la zona del euro y no puede devaluar.

Una posibilidad que Katz no exploró en su colaboración, quizá por falta de espacio, es respecto de qué puede ocurrir si no se produce esa reducción de los salarios.

El ajuste tiene que producirse a fuerza. Si los salarios no se reducen, entonces la variable de ajuste para inducir el inexorable acomodo macroeconómico será el empleo y el nivel de actividad económica.

La perspectiva ante este panorama es, entonces, bastante lúgubre: una plaga de desempleo en los países de la zona que ya enfrentan la obligación de sanear sus finanzas públicas.

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