El país heleno se tiene que ir de la zona euro porque ese cáncer financiero está haciendo metástasis en el resto del cuerpo. Mientras tanto Alemania, el principal motor de la zona euro, está pagando desde hace algún tiempo las facturas de la unidad monetaria.

La situación de Grecia está así: de no recibir pronto el tercer tramo del paquete de ayuda de la Troika tendría que declararse en quiebra. Y todo por una necedad de mantener a este país en el club del euro, al que ya no debería pertenecer.

La lucha política interna que está dando el gobierno del primer ministro, Antonis Samaras, no es tanto para conservar la membresía de país integrante de la unión monetaria europea, lo que busca es que la maquinaria no se paralice.

Es muy difícil explicar a los que lanzan bombas molotov en contra de la policía o a los que paralizan el transporte público o los hospitales que, más que un capricho, la dolorosa corrección fiscal es medicina de terapia intensiva a un paciente con pronóstico negativo.

Grecia está en recesión desde hace más de cinco años, su economía ha perdido casi 30% de su valor en un lustro, la cuarta parte de su fuerza laboral no encuentra un trabajo y no tiene los motores internos suficientes como para que alguien confíe en su recuperación en el mediano plazo.

Si Grecia obtiene del turismo algunos de sus principales ingresos, nadie querrá andar por la Plaza Syntagma, camino del Partenón, para arriesgarse a quedar atrapado en una violenta manifestación.

Es como Egipto, que tiene en su territorio uno de los más grandes atractivos del planeta, pero son pocos los gobiernos que recomiendan a sus ciudadanos una visita a esta nación, a pesar de que ya pasaron casi dos años desde los peores días de la Primavera Árabe.

Grecia se tiene que ir de la zona euro porque ese cáncer financiero está haciendo metástasis en el resto del cuerpo continental.

El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, no dice que Alemania está en pleno contagio sólo por no molestar.

El principal motor de la eurozona está pagando desde hace algún tiempo las facturas de la unidad monetaria, todo con el interés de mantener un mercado abierto para su amplia producción industrial de alto valor agregado.

El cálculo alemán para encabezar la unidad monetaria era que, si apoyaban a los países más débiles para que crecieran, podrían expandir su mercado. El contar con una moneda única facilitaría el intercambio comercial y, con ello, evitarían que el efecto cambiario alterara esa competitividad.

Salió caro, pero montar el negocio europeo implicaba una prometedora tasa de retorno.

Pero la mala administración de los socios hizo que lo que prometía ser un crecimiento sostenido se convirtiera en un espejismo. Los del sur se sintieron con potencial de tener niveles de vida similares a los del norte.

Gastaron lo que no tenían y siempre tuvieron alguien que les extendiera un préstamo por el enorme respaldo que implicaba tener esa moneda tan moderna y competitiva como era el euro.

Nadie quiso darse cuenta de que una parte importante de Europa crecía en un mundo de fantasía provocada por el exceso de drogas financieras.

Grecia se tiene que ir porque no tiene remedio. No le alcanza el dinero para recomponer la situación en la que los mismos griegos y su gobierno se metieron.

España tiene otras dimensiones, otros niveles productivos, otras industrias, pero los mismos problemas de deuda, de déficit presupuestal y de soberbia política. A España hay que rescatarla y, a cambio, tiene que ceder su soberanía financiera para que Alemania, vía el parapeto de la Unión Europea, le diseñe y palomee sus planes financieros futuros. No hay más camino.

Italia no se puede confiar, porque está dentro de los terrenos de la recesión, que no le ayudarán a mantener sus planes de pago a plazos de todo lo que debe.

Francia, que tan buenos negocios creyó que hacía prestando a manos llenas a Grecia y a otros, tiene que recomponer sus finanzas, moderar a sus políticas populistas y entender que, si quiere sobrevivir, tiene que recomponer la unidad monetaria.

El hecho de que Grecia haya perdido su papel de noticia de portada no significa que no sea un riesgo potencial de un desastre financiero mundial.

Los países del euro tienen que mostrarle de la mejor manera posible dónde está la puerta de salida del euro, por su bien y el del resto del continente.

Más que recortes al presupuesto y aumentos en los impuestos, necesitan una moneda que les permita reconocer que su economía vale una fracción de lo que presumían.

ecampos@eleconomista.com.mx