En la columna de la semana pasada reflexionamos sobre el paquete de ayuda para Grecia y su función como válvula de tiempo para la nación. Sin embargo, la conclusión principal de la columna fue que Grecia tiene un reto descomunal enfrente y que el paquete de ayuda actual se antoja insuficiente en el mediano plazo.

La apuesta de los líderes de la eurozona es que Grecia pueda evitar una depresión y que la relación deuda a PIB mejore, tanto por el incremento de la actividad económica -producto de cambios estructurales enfocados a mejorar la productividad de la economía-, como por una reducción en la deuda, producto de algunas privatizaciones.

Sin embargo, esta apuesta se antoja muy complicada. La mayoría de los expertos coinciden en que las medidas de austeridad amenazan con prolongar la recesión griega y convertirla en una verdadera depresión. Como mencioné la semana pasada, en la economía moderna, simplemente no recuerdo ningún precedente exitoso de salida a una crisis de solvencia sin la depreciación de la moneda.

Para algunos expertos como Hans-Werner Sinn, cabeza del Ifo Institute for Economic Research, el plan para revivir la economía griega dentro del euro es una ilusión . Muchos observadores coinciden con Sinn y argumentan que Grecia estaría mejor abandonando la eurozona y adoptando una moneda propia que le permita realizar el ajuste fiscal en un marco de tipo de cambio flexible.

En teoría, esto le permitiría a Grecia utilizar la depreciación de su moneda como válvula de ajuste, alentando la competitividad de sus exportaciones de bienes y servicios (incluyendo al turismo) y fomentando el crecimiento económico. La depreciación de la moneda traería consigo una mayor inflación que reduciría los salarios reales, lo cual es parte de cualquier proceso de ajuste de este tipo y es más sencillo que una reducción de salarios nominales.

Sin embargo, la teoría no toma en cuenta factores prácticos de suma importancia que podrían hacer la salida de Grecia de la eurozona mucho más caótica y traumática que su permanencia.

Varios de estos factores son claramente identificados y expuestos en un artículo publicado en la revista The Economist, elaborado por Guillermo Ortiz y Mario Blejer, exgobernadores del banco central de México y Argentina, respectivamente.

Ortiz y Blejer hacen un breve recuento de la crisis argentina del 2002 y dibujan algunos paralelos con la situación actual de Grecia. Reconocen que el abandono del dólar como moneda y la adopción del peso permitieron a Argentina implementar una devaluación masiva de su moneda, evento que jugó un papel determinante en la reactivación del crecimiento económico con base en un pujante sector exportador. Sin embargo, Ortiz y Blejer hacen también un detallado recuento de los costos implícitos del abandono del dólar como moneda, incluyendo una corrida masiva en contra de los bancos.

Ante la inminente pesificación de las cuentas de ahorro, la gente se volcó a retirar sus depósitos de los bancos. Esto obligó al gobierno argentino a imponer límites a los retiros bancarios. La implementación de estas medidas, conocidas como El corralito, provocó caos, confusión y rebelión que eventualmente provocaron la caída del gobierno . Además de la caída del gobierno, El corralito provocó una crisis bancaria y de liquidez que a su vez detonaron una nueva caída en el PIB.

Para Ortiz y Blejer, el abandono de la moneda común por parte de Grecia requeriría de una redenominación de los activos y pasivos bancarios, contratos, precios y salarios de euros a dracmas. En el caso de Argentina, los autores indican, esta redenominación fue realmente una pesificación que terminó por afectar mucho más a los ahorradores y beneficiar a los acreedores.

Para los exbanqueros centrales, la reintroducción de una moneda extinta como el dracma tendría consecuencias devastadoras, incluyendo corridas en contra de los bancos, desconocimiento de contratos y bancarrotas masivas que sin duda resultarían en una nueva contracción de la actividad económica. Los autores concluyen que a pesar del gran reto que enfrenta Grecia, el ajuste será menos doloroso y traumático dentro de la eurozona que fuera de ella.

En ausencia de la depreciación de la moneda como mecanismo de ajuste, es un hecho que Grecia necesitará en el futuro una nueva quita por parte de sus acreedores y un plan de apoyo más grande y de mayor plazo por parte de la Unión Europea.