Un jugador básico en la economía es la confianza y el gobierno federal vio mermado este activo durante el año pasado. Ahora tiene que competir contra los catastrofistas que adelantan otro año de pésimo desempeño económico.

Los primeros años de gobierno han sido tradicionalmente malos en la historia mexicana, desde las épocas en que se generaban grandes crisis financieras hasta los tiempos recientes en donde la macroeconomía resiste, pero el crecimiento tiende a ser menor al estimado.

De los últimos seis sexenios, tres han iniciado el primer año de mandato con una caída en el Producto Interno Bruto: Miguel de la Madrid en 1983, con -2.5%; Ernesto Zedillo, en 1995, -6.2% y Vicente Fox, en el 2001, con -0.2 por ciento.

Hay dos casos en estas historias en donde la continuidad provocó una desaceleración en el crecimiento, pero no una caída. Son los casos del primer año de Carlos Salinas de Gortari, quien de hecho manejaba la economía en los tiempos de Miguel de la Madrid, con un crecimiento durante 1989 de 1.3 por ciento.

Y el caso de Felipe Calderón, en donde la continuidad panista y sobre todo el buen oficio de los responsables de Hacienda que se iban y llegaban permitieron un crecimiento de 3.3 por ciento. Ayudó mucho el boom artificial en el que estaba la economía de Estados Unidos, que estalló al año siguiente con la crisis subprime.

Ahora, en este gobierno se cumple con la tradición de la desaceleración económica del primer año y el 2013 se apuntó un crecimiento de apenas 1.1 por ciento.

Hay en ese resultado mucho de un proceso de acoplamiento del gobierno que llegaba y pretendía empezar desde cero en muchas áreas, con ese deseo priísta de borrar cualquier indicio color azul panista que pudiera acusarles de continuidad.

El retraso en el gasto público, la eliminación de tajo de programas como el de la vivienda sin reemplazos y la lenta actividad económica del mundo desarrollado son algunos de los factores que llevaron a este comportamiento.

Pero también es cierto que todos los segundos años de gobierno fueron mejores en materia económica, con excepción del de Felipe Calderón.

Para este segundo año de gobierno de Peña Nieto, ya está marcado el estilo: ya saben gastar, ya hay programas de gasto en marcha. Pero antes de gozar de esas ventajas hay que corregir esa parte de la confianza.

Los cambios que eligió hacer este gobierno son profundos, pero están incompletos; peligrosamente incompletos, porque llegamos a marzo sin iniciativas en materia de leyes secundarias. Y, literalmente, el mundo está esperando esos resultados para decidir si invierte o no.

Éste es un momento vulnerable para el gobierno, para generar ese buen ambiente. Los resultados económicos publicados son malos y hay quien paga planas completas para restregarlos. Los ciudadanos sienten la bota fiscal encima. Hay temores inflacionarios y la incertidumbre sobre el resultado de las reformas estructurales es legítima.

Es un hecho: este año será mucho mejor que el anterior. El crecimiento económico será notoriamente más alto, pero no necesariamente de 3.9 por ciento.

Pero aún con la expectativa razonable de que no se logre casi 4% este año, el gobierno debe mantenerse firme en sus pronósticos, su entusiasmo y su discurso optimista, porque nadie más lo va a hacer por ellos.