Gastón Azcárraga ha dejado de ser un empresario poderoso. Ahora es un malhechor prófugo; eso es el síntoma de un sistema que funciona mal.

La vida de Gastón Azcárraga es una telenovela peculiar: no tiene final feliz. El primogénito de una de las dinastías empresariales más importantes de México lo tenía todo: dinero, buena pinta, prestigio y relaciones con el poder y la alta sociedad. Durante 23 años fue presidente de Posadas, el mayor grupo hotelero de América Latina. Por más de cuatro años, del 2006 al 2010, fue también timonel de Mexicana. Estas dos presidencias lo convertían en una especie de rey del turismo en México. ¿Por qué optó por convertirse en un malhechor? No podemos sino especular. Detrás de toda caída pública, hay un desplome interno, casi invisible para los que miramos desde afuera. La PGR lo acusa de lavado de dinero y defraudación fiscal. Él ya había caído en desgracia, antes de la liberación de la orden de aprehensión que lo convierte en prófugo. Sus hermanos se deslindaron de él y lo han demandado. Los empresarios que antes lo trataron con respeto lo consideran una vergüenza para el colectivo: deshonesto, malhechor e incapaz de conservar lo que recibió por herencia. Sus ex trabajadores lo culpan por la quiebra de una empresa a la que muchos entregaron su vida laboral.

Gastón Azcárraga recibió Mexicana con 130 millones de dólares, propiedad del fondo de pensiones de los trabajadores. Se dice que los utilizó para incrementar su posición accionaria en la aerolínea y no los repuso. Durante su gestión, se vendió el edificio corporativo, la Torre. Tenía un valor superior a los 100 millones de dólares, se remató en 40 millones a una empresa donde el representante legal era un panameño señalado por Estados Unidos como blanqueador de dinero.

El presidente de Mexicana no actuó sólo. Tenía un Consejo de Administración en el que participaban otros 11 empresarios. ¿Quién fue cómplice y cuál víctima? Le corresponde a la autoridad deslindar responsabilidades. El gobierno anterior no quiso o no pudo ir a fondo. Queda la duda del famoso crédito de Bancomext. Se le entregaron a Mexicana más de 200 millones de dólares, en un momento en el que los conocedores de la industria sabían de las graves dificultades de la aerolínea. El dinero nunca fue pagado. Los funcionario de SCT de la administración calderonista destacaban que no habría rescate. Nunca dijeron que Mexicana ya había tenido un salvavidas.

¿Quién ayudó a Gastón Azcárraga desde dentro del gobierno de Calderón? La PGR quizá no irá tras esa pista, que es una de las más interesantes. Este empresario no fue el asesino solitario de una de las empresas más emblemáticas de México. Estaba al centro de una red de complicidades que le permitieron acceder a recursos públicos, violar las leyes del mercado de valores, sustraer el patrimonio de la empresa y pasearse en algunos de los mejores hoteles y restaurantes, luego de hundir la empresa.

Azcárraga Andrade dejó de ser un empresario poderoso. Ahora es un malhechor prófugo, un síntoma de un sistema que funciona mal: no sirvió el Consejo de Administración ni tampoco los organismos supervisores encargados de detectar a tiempo el crimen que se estaba cometiendo. Es un chivo expiatorio, no porque sea inocente, sino porque no es el único culpable en esta historia delincuencial. Se trata de cargar a Gastón todo lo que se pueda, para descargar a aquellos que hicieron negocios sucios con este nuevo innombrable.

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