Cuando pensamos en el objetivo de tener un gobierno, pensamos en varias cosas relacionadas entre sí; primero en un órgano emanado de la sociedad que sea capaz de establecer una serie de reglas para la convivencia pacífica y la forma como se arreglan las controversias y se hace justicia en caso de haberse causado un mal a alguno de los miembros de la comunidad.

En seguida piensa uno en un órgano emanado de la sociedad que sea capaz de organizarse para defenderla y ofrecerle el servicio de seguridad para sus personas y sus bienes.

Finalmente quisiera que fuera un ente que no interfiriera en la vida pública en más asuntos que los señalados para su actuación, corrigiendo excesos cuando los hubiera o aquellas fallas de mercado que significan un agravio para la sociedad, como el asunto de los monopolios o la pobreza.

Para lo anterior no se requiere un gobierno grande, sino uno muy bien organizado, con fuerza para lograr sus objetivos y combatir todo aquello que se oponga a los intereses de la mayoría.

Un gobierno así no debería costarle a la sociedad mucho y podría lograr las condiciones para que la economía creciera de manera que garantizara un aumento en el bienestar de todos en el mediano plazo.

Contrastando con esta visión de gobierno nos encontramos al gobierno mexicano, que es un aparato burocrático enorme e inefi­ciente que además duplica o triplica estructuras, las cuales se estorban y obstaculizan mutuamente, atropellan a los ciudadanos y desperdician los recursos que sustraen de la sociedad.

La burocracia del país es un aparato que no garantiza la seguridad y posiblemente no sea capaz de defenderlo; no procura justicia en la forma como la sociedad quisiera, la cual es incapaz de defender sus derechos porque ni siquiera tiene claro cuáles son.

El aparato burocrático interfiere en muchísimos aspectos de la vida diaria de la sociedad, estorbando y causando ineficiencias, sin lograr educar a los habitantes a defender su derecho a un servicio de atención médica de calidad.

Tenemos un gobierno que luego de cinco siglos y dos revoluciones no sólo no termina con la pobreza, sino que no se da cuenta de que cada vez es más parte del problema y menos de la solución; un gobierno que dilapida recursos, que no invierte para elevar el crecimiento de la economía nacional y ni siquiera es capaz de crear las condiciones para que los privados inviertan; una maravilla de gobierno.

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