De manera inesperada y antes de leer su bien articulado discurso que sería el punto culminante de la Marcha Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad, el poeta Javier Sicilia pidió la renuncia del secretario de Seguridad Pública federal, Genaro García Luna, como una muestra de que el presidente Felipe Calderón sí nos oyó .

La propuesta del escritor que tras la pérdida de su hijo -asesinado con otras seis personas en Cuernavaca- se transformó, sin proponérselo, en líder de este movimiento ciudadano, se convirtió en la nota más puntiaguda de la peregrinación que comenzó el jueves en la capital de Morelos al grito de estamos hasta la madre y que finalizó el domingo en el Zócalo de la capital de la República.

Durante la conferencia de prensa ofrecida al comenzar la movilización, don Javier afirmó: No estamos contra nadie, no estamos contra el gobierno, sino por un pacto ciudadano para iniciar la reconstrucción del tejido social, que se ha roto con la violencia . (...) No podemos comprender que nomás los criminales están allá afuera y si están allá afuera es porque el Estado está, en muchos sentidos, podrido y tenemos que trabajar en doble sentido, en la seguridad hacía; pero no nomás con una imaginación de violencia, sino con una visión de reconstrucción de paz que significa rehacer las instituciones públicas, que los partidos políticos limpien sus propias instituciones, porque también ahí tienen gente coludida con el crimen organizado .

Sin embargo, por el tono y el fondo de sus discursos durante la semana pasada, el Presidente parece tener una percepción equivocada de los reclamos de la sociedad materializados en la susodicha marcha. Señor Calderón, no es nada personal. Las protestas -todavía- no son contra usted, son contra su evidentemente fallida estrategia, en la que usted se empecina. Los ciudadanos estaríamos mal de la cabeza si apoyáramos a la delincuencia. Pero exigimos un cambio en la táctica de la lucha y usted sólo cambia de discurso.

En aras de la justicia, habrá que decir que la delincuencia organizada que hoy padece nuestra nación se gestó en la corrupta impunidad de los gobiernos priístas. Mas eso no exime de culpas al panismo que en los últimos 10 años y medio no ha podido o no ha querido acabar con el estercolero que nos dejó el partido tricolor. Por el contrario, se han subido -algunos con singular alegría- al carro de la corrupción y de la impunidad con el agravante de la sangre.

Me uno a la propuesta de Javier Sicilia. Yo, en mi carácter de ciudadano, también pido la renuncia del ingeniero García Luna: que se marche en silencio. Para hacer esta solicitud, tengo varias razones: la ineficacia del ingeniero a cargo de la Policía Federal. Si ésta realmente funcionara no hubiera tenido que recurrir el Presidente al auxilio del Ejército y la Marina en su pertinaz combate a la criminalidad. La complicidad de los altos mandos de la precitada policía con los capos de la delincuencia. Un ejemplo, Salomón Alarcón, Joel Ortega Montenegro, Antelmo Castañeda y Ricardo Duque, mandos de la Policía Federal, destituidos en Ciudad Juárez, acusados de corrupción por sus propios subordinados. Si García Luna ignoraba los tratos de sus subordinados con los delincuentes que se vaya por inepto. Sí lo sabía, razón de más para que renuncie por connivencia. Otra razón es el silencio mostrado por el aludido Secretario ante las acusaciones de enriquecimiento ilícito, documentadas y publicadas en libros y reportajes, por la periodista Anabel Hernández. Si el mentado ingeniero -proclive a los montajes mediáticos- es inocente, ¿qué espera para demandar a la señora Hernández? Su mutismo provoca en los ciudadanos las perspicacia que resume el dicho: El que calla otorga .

Desde aquí deseo manifestar mi desacuerdo con el periodista y cantante -de pena ajena- Carlos Marín, quien tuvo, en mi opinión, la insensatez -no por nada su columna se llama El Asalto a la Razón , como el libro de George Lukacs- de escribir que con la petición de la renuncia de García Luna, Javier Sicilia cometió pecado de ingratitud, ya que fueron policías al mando del precitado quienes detuvieron(en Jiutepec, Morelos) a Jesús Cárdenas, El Manos, y César Galindo, El Guasón, junto con otros seis sicarios copartícipes confesos en el asesinato de su hijo -del poeta- y seis personas más . Le pregunto yo a don Carlos: ¿qué no es ésa la obligación de la policía? O, ¿usted pretende que el señor Sicilia agradezca de rodillas al ingeniero Secretario por el hecho de que unos buenos elementos -de que los hay, los hay- a su cargo, urgidos por la presión de la sociedad, hayan dado con el paradero de los presuntos asesinos de su hijo? Y en última instancia, aunque usted reseña que el abogado de Sicilia, Julio Hernández Pliego, dijo: La detención de estas dos personas y las pruebas que se recabaron se acercan - acercar es poner a menor distancia, no llegar al lugar exacto- más a la verdad (...) la línea de investigación, al parecer -las apariencias son como las mujeres: a veces engañan- camina más firme , ¿quién asegura, sabiendo cómo se las gastan nuestras policías, que los detenidos son realmente los culpables?

Sé que el señor Marín no va a leer esto, seguramente está muy ocupado eligiendo el repertorio musical con el que va a torturar a su audiencia el próximo viernes. (Mis respetos y comprensión para Jaime Almeida, he vivido en carne propia, más de una vez, lo que es tener que acatar las caprichosas órdenes de un jefe cretino).

Las del estribo

Ésta será, lo prometo, la última vez que contestaré críticas que me han llegado por Internet referentes a mi columna del martes pasado titulada: El reality show de Juan Pablo II . Una persona, anónima, me comenta que me contradigo en mi artículo porque escribí la madre de Maciel -aunque usted no lo crea tuvo- llamada Mamá Maurita, gracias a los oficios de Juan Pablo II fue considerada Sierva del Señor -primera etapa para la beatificación- . Enseguida, mi crítico manifiesta: La diócesis que promovió a Maura Degollado como sierva de Dios NO FUE la diócesis de Roma y, por lo tanto, no fue gracias a los oficios de Juan Pablo II, sino la realizó otro Obispo. OJALÁ SE INFORME ANTES DE ESCRIBIR . Le contesto: Ojalá y usted lea bien antes de criticar. En ninguna parte del texto afirmé que fue Juan Pablo II en su calidad de Obispo de Roma el que promovió el proceso de santificación de doña Maura Degollado. Yo manifesté: Gracias a los oficios de Juan Pablo II etcétera, etcétera .

Aquí use el sustantivo oficios en su acepción de favor o recomendación.

Desconozco la diócesis que promovió a doña Maura como sierva de Dios. Hubiera sido bueno que usted me ilustrara diciéndome la diócesis y el Obispo que introdujo la causa. Lo que sí quise decir en mi artículo y aquí lo reitero, es que el Obispo que lo hizo actúo por órdenes del hoy beato cuando era Sumo Pontífice -jefe de todos los obispos de la Iglesia Católica-.

Como, no es por presumir, la precitada columna también generó elogios y reconocimientos a mi persona, otro criticó, anónimo para variar, me escribió el siguiente cuestionamiento: Te reconoce la gente por tus comentarios, pero ¿te reconocerá Dios? . (¿Leerá Dios El Economista? En caso de leerlo, ¿leerá mi columna o únicamente las secciones de Valores y Dinero y Finanzas Personales?)

Oí por ahí

Entre 1955 y 1965 estuvo al aire en la televisión un programa semanal que conducía el locutor y epigramista Humberto G. Tamayo, el Programa de un Solo Hombre. Durante media hora el señor Tamayo monologaba para su auditorio con base en inteligentes epigramas e ingeniosas frases de su invención. Fue famosa su despedida: Ahí les dejo mi reputación para que la hagan pedazos .

Como existen personas a las que cualquier innovación les da asquito o les parece una tontería, no faltó un televidente, perteneciente a esta especie zoológica, que de manera anónima le envío una carta con una sola palabra: idiota.

Don Humberto con la carta en la mano le dijo a la audiencia: Muchas veces en mi vida he recibido cartas firmadas, pero ésta es la primera ocasión que recibo una firma sin carta y mostró a la cámara la misiva anónima.