Si alguien está leyendo esto porque el encabezado le sugirió un escándalo sexual, de una vez lo disuado de continuar con la lectura. Hasta ahora no sabemos de ningún hombre de poder mexicano que haya salido del clóset. Cosa que de suceder no debería causar extrañeza ni ser vista como algo indecoroso, porque las ideas políticas no están reñidas con las preferencias sexuales. Malo robarse la mitad de la partida secreta y traficar con influencias y eso algunos –bastantes- lo han hecho. Pero en una sociedad machista como la nuestra los políticos prefieren levantar sospechas de deshonestidad que de mariconería.

Aclarado el punto voy ahora a tratar de explicar el aserto del título de esta colaboración. El casamiento entre Marta Sahagún y Vicente Fox hubiera estado muy bien si ella se hubiera conformado con el rol de primera dama: señora de la casa presidencial, acompañante de su marido en giras y eventos determinados –no en todos-; encargada del menaje del hogar –toallas de 4 mil pesos, entre otras cosas-; tener que responder a los chiflidos de su hombre; y hasta convertirse, si fuera necesario, en lavadora de dos patas.

Fox nos sorprendió a los mexicanos cuando nos comunicó que, una vez casado, su gobierno sería de dos: el sexenio de la pareja presidencial. Entonces nos percatamos del empoderamiento de la señora Sahagún; mujer ambiciosa, sedienta de poder, ávida de lujos, inescrupulosa y, lo peor, con un hermano y unos hijos voraces y rapaces.

Con el consentimiento de su marido, al que se le revirtió el calificativo de mandilón que le aplicó a su contendiente a la presidencia Francisco Labastida, la señora Marta hizo negocios e intervino para que mediante su recomendación sus familiares los hicieran, enriqueciéndose con ello.

Según el decir popular, confirmado por los periodistas Olga Wolmart y José Gil Olmos, para lograr cautivar a Vicente, Marta recurrió a la brujería: lo hacía beber toloache, supuestamente una pócima de amor que produce que quien la toma se enamore locamente de quien se la da y le entregue su voluntad. La susodicha bebida, al decir de los que saben, tiene un problema: apendeja.

El consentido

No creo que el ingeniero Genaro García Luna le haya dado toloache a Felipe Calderón. En la introducción de mi escrito aclaré que en este caso no hay ningún componente sexual. Si acaso hubiere un ingrediente genital se trataría de los huevos azules del ingeniero mecánico Genaro García Luna, que como secretario de Seguridad Pública (SSP) hizo y deshizo a su antojo ante el consentimiento de su jefe. Según consigna la periodista Anabel Hernández –piedrita en el zapato de García Luna-, en su libro Los cómplices del presidente, el ingeniero se ganó la confianza de Calderón –presidente electo- gracias a las intervenciones telefónicas ilegales que hiciera en la oficina de Manuel Espino. Además, tiene la virtud, según cuenta el abogado Alejandro Ortega, de crear incendios para después aparecer como héroe y apagarlos.

Quiero imaginar y ofrecerle al lector mi versión de cómo fue el reporte del ingeniero a su jefe la madrugada del 10 de diciembre del 2010 cuando dieron por hecho y anunciaron la muerte de Nazario Moreno, El Chayo.

En Los Pinos, la madrugada del susodicho día, el secretario de Seguridad se reporta de manera personal con su jefe: Señor presidente –dice un sudoroso y teatral Genaro-, anduve por su tierra Michoacán.

-Ah, qué bien.

-Le traje esta botellita de charanda.

El licenciado Calderón tomó la botella de la bebida típica de su estado natal. Un aguardiente destilado de los mostos obtenidos del jugo de caña y que no es emborrachador sino lo que sigue. Le dio un buen trago y preguntó: ¿Qué novedades hay por allá, Genarito?

Ya chingué –pensó para sí el ingeniero-, cuando el preciso le decía Genarito era porque estaba contento. Evidentemente al regocijo presidencial había contribuido la ingesta de la charanda. Genaro era conocedor del viejo dicho: alegría que no proviene del alcohol es ficticia. Aprovechó que don Felipe le dio otro trago al aguardiente para darle la noticia: Tuvimos un enfrentamiento contra los malosos michoacanos.

Calderón interrumpió la ingesta de la charanda, cuya botella ya iba a la mitad, para preguntarle: ¿Y qué tal les fue?

-Mis hombres se batieron como los buenos y derrotamos a los de La Familia, que ahora se dicen llamar templarios.

-Salud, por tus hombres -dio un gran trago-. Y también por ti, Genarito.

-Por cierto, le dimos al jefe de los malandros, un tal Nazario Moreno, apodado El Chayo. Lo dejamos malherido.

-¿Qué tan malherido?-preguntó Calderón y a continuación volvió a beber.

-Pues, mire, para ponerle un ejemplo: haga de cuenta que El Chayo es la botella que tiene en sus manos. Sólo le dejamos un chorrito de vida.

El preciso bebió hasta el fondo. Con la botella vacía anunció: Haiga sido como haiga sido, para mí ya está muerto.

Oí por ahí

Cuando uno está muerto, uno no sabe que está muerto. Los demás sí lo saben y ellos son los que sufren. Lo mismo pasa cuando uno es pendejo.