No fue Javier Sicilia el primer ciudadano en pedir públicamente la renuncia del ingeniero Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública Federal. Antes lo había hecho, de manera implícita, el señor Alejandro Martí, cuando al dirigirse a la clase política de los tres poderes y niveles de gobierno manifestó: Señores, si piensan que la vara es muy alta, si piensan que es imposible hacerlo, si no pueden, renuncien .

Si bien el exhorto del dolido señor Martí no iba directamente dedicado al señor Secretario, ingeniero y productor de espectaculares montajes mediáticos; éste debió, por dignidad, haber acatado la recomendación proferida por el empresario del ramo deportivo cuando se descubrió que entre los secuestradores del adolescente Fernando, hijo de don Alejandro, se encontraban miembros de la Policía Federal, entre ellos la comandante Lorena González, persona muy ligada al comisionado de dicha institución policiaca Facundo Rosas, a su vez uña y mugre de García Luna. Lejos de renunciar o, cuando menos, reconocer la podredumbre existente en la dependencia a su cargo; debido a la cercanía de su amigo y subordinado Rosas con la presunta implicada comandante Lorena, el ingeniero trató de tergiversar la investigación de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal e inventar y detener a otros presuntos culpables, incluso consiguió que una mujer, María Elena Ontiveros, apodada La Güera, declarara que ella y no la comandante Lorena González era la mujer que estuvo en el falso retén donde fue detenido, para posteriormente ser asesinado, el joven Martí. Mas el tiro les salió por la culata a Facundo y a su amiguito y jefe Genaro. La Lore no fue exonerada, su proceso continúa. La Güera declaró ante el Ministerio Público federal que fue obligada a base de golpes y amenazas por policías federales a declararse cómplice del precitado asesinato.

Por actos tan oscuros como el recién reseñado, más lo que argumenté en la columna el martes pasado sobre la presunta complicidad de policías federales, subordinados del ingeniero, con narcotraficantes y bandas del crimen organizado, aunado a las acusaciones de enriquecimiento inexplicable, constantes y documentadas de la valiente periodista Anabel Hernández en contra del Secretario de Seguridad Pública Federal, fue por lo que en mi calidad de ciudadano me solidaricé con la petición, ésta sí directa, formulada -el domingo pasado- por Javier Sicilia para que García Luna renuncie a su cargo.

El lunes me sorprendí al ver que algunos -hasta eso pocos- periodistas se pusieron en contra del poeta y defendieron al Secretario a capa y embute. Por pedir la renuncia de García Luna, Sicilia fue acusado de pecar de ingratitud contra el ingeniero salvador de la patria; también se dijo que por exigir la renuncia de tan honesto funcionario manchó la marcha. ¡No manchen! Pero en fin, allá ellos, que con su chayote se lo coman. Les hago un reto: ¿Por qué no hacen una encuesta, derecha, sin manipulaciones y sin respuestas inducidas, para saber qué porcentaje de encuestados opina que el multicitado don Genaro debe renunciar y qué proporción dice que debe quedarse? Les apuesto lo que ganaré por escribir esta colaboración contra el próximo regalo que les remita la Dirección de Comunicación Social de la Secretaría de Seguridad Pública a que serán más los que prefieran -preferimos- que se vaya.

Estoy de acuerdo con los que escribieron o comentaron en los medios electrónicos que la solicitud del poeta para que renuncie el Secretario es de una ingenuidad conmovedora. Por supuesto que García Luna va a quedarse cuando menos lo que resta del sexenio, que hace un buen feneció aunque Felipe Calderón no se haya dado cuenta.

¿Cómo va a renunciar un colaborador imprescindible del Presidente gracias al cual sabe que a los delincuentes les apodan La Marrana, El Comeniños, El Niricuiriqui y El Matalacachimba, remoquetes que el preciso repite triunfalmente.

Es un hecho que el ingeniero Genaro García Luna va quedarse en su puesto hasta terminar el periodo presidencial de Calderón, cuando menos. ¡Gulp! Fuentes informativas de este textoservidor, que revelaré al recibir la primera cachetada guajolotera que un subalterno del señor Secretario me propine, me contaron que en el círculo íntimo del inquilino de Los Pinos se está diciendo la paráfrasis de un conocido refrán: Aunque Genaro se vista de seda, Genaro se queda.

Honor a quien honor merece

Después de leer la declaración de Alejandro Poiré, secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional y vocero del gabinete de seguridad, pródiga en elogios hacia el funcionario, se queda uno con la impresión de que estamos ante un inusitado caso de obsesión por servir al país (sospecho que el homenajeado por don Alejandro es suizo, sueco o cuando menos noruego).

Según el vocero cuyo apellido recuerda a un detective personaje de Agatha Christie: Si alguien ha impulsado incansablemente la formación de una policía civil, profesional, apegada a la ley, bien equipada y con las capacidades de inteligencia que garanticen la seguridad de la población, esa persona es el ingeniero García Luna .

(...) La Policía Federal -a su cargo- ha logrado la detención de muchos criminales, responsables algunos de ellos de los delitos que más nos duelen .

Preferí no seguir leyendo el panegírico al Secretario porque no quiero sacar al Chicharito Hernández de mi top 10 de ídolos personales para poner en su lugar a don Genaro.

Pero propongo al gobierno federal en general y al Jefe del Ejecutivo en particular que dada la eficacia, inteligencia, honradez, bonita letra y facilidad de palabra del señor ingeniero Secretario de Seguridad Pública, mande imprimir cientos de miles de pancartas para ponerlas en todos los postes del alumbrado público del país, con la fotografía del aludido y una leyenda al pie que diga: Genaro García Luna: el empleado del mes .

Niñez callejera

Para saber con exactitud las palabras de don Alejandro Martí a las que hago referencia en el primer párrafo de esta columna, así como para saber la fecha exacta en las que las pronunció, recurrí a Internet, donde oí el discurso que dijo en ocasión a la firma del Acuerdo por la Seguridad el 28 de agosto del 2008, acuerdo que ha servido para dos cosas: para una chingada y para lo mismo. En su discurso, al borde del llanto por su hijo de 14 años asesinado arteramente, el señor Martí recordó los tiempos en los que en esta ciudad capital podía uno salir a la calle sin ningún temor.

Esta idea me remontó a los lejanos días de mi niñez, recordé una anécdota que comparto con los lectores: Año 1952, nos pasábamos los días en las calles jugando soccer, tochito, hockey en patines, beisbol, etcétera, etcétera. De vez en cuando un coche, manejado con precaución, avisaba su presencia. El juego se interrumpía para reanudarse en cuanto el automóvil pasaba.

Una tarde, el vehículo interruptor del juego fue una patrulla, de la que bajaron dos atentos policías que nos llamaron la atención por jugar en la calle. Dos días antes uno de nuestros jonroneros se había volado la barda por el jardín derecho de la única casa donde los ocupantes, que tenían perros en lugar de niños, nos eran hostiles, la pelota rompió un vidrio. El daño colateral fue reportado a la autoridad que se hizo presente. Luego de hacernos una afable invitación a bajar la intensidad del juego o a cambiar de escenario uno de los patrulleros sugirió: ¿Por qué no juegan en el parque? Beto del Valle, líder del grupo, mayor que yo cuatro años, le contestó a la manera del General Anaya: Si hubiera parque no estarían ustedes aquí .

Oí por ahí

Parafraseando al clásico: El Ejecutivo propone y el Congreso pospone.

ATENCIÓN: No se pierda mañana en El Economista, Circo, maroma y votos , con monos de Chavo y textos del que escribe. Una sátira cómica-política-electoral con motivo de los comicios del próximo 3 de julio.