Hace seis años, en el primer trimestre del 2012, el precio promedio del crudo cotizó a más de 100 dólares por barril (hasta en la mezcla mexicana). Pemex produjo 2.5 y 1.3 millones de barriles diarios de crudo y petrolíferos, respectivamente. Fue un record de varios años: Pemex obtuvo un rendimiento neto de 2,600 millones de dólares.

Hacia el primer trimestre del 2018, muchos de estos indicadores están deprimidos. El precio de la mezcla mexicana de crudo promedió por debajo de 60 dólares por barril, 40% menos. La producción de petróleo y petrolíferos, contrastadas con las del 2012, han sido 28 y 53% menores. Hay mucho menos pozos activos y las refinerías están escandalosamente subutilizadas. Sólo de ver esto, no debe ser una sorpresa que los ingresos de Pemex en este primer trimestre hayan sido significativamente (22%) menores que los del periodo comparable en el 2012.

Afortunadamente, ésta no es toda la historia. Pemex acaba de registrar su utilidad neta más alta para un primer trimestre en al menos 10 años: 6,200 millones de dólares. Es casi dos veces y media más grande que la del 2012.

Casi 400 millones de dólares se explican por movimientos en el tipo de cambio. También es evidente que el incremento de los precios del crudo, respecto a los años anteriores, juega un papel fundamental para explicar este repunte en resultados.

Pero, de nuevo, esto no puede ser toda la historia. Al final del día, hoy hay mejores resultados que en el 2012, cuando las condiciones eran claramente más favorables.

Pemex ha logrado mejoras operativas y en eficiencia que le permiten operar con costos más bajos. También hay cambios estructurales que le favorecen. Comparado con el 2012, Pemex ya no está obligado a comerse todos los gastos de logística, incluyendo las mermas no operativas.

Desafortunadamente, esto no significa que Pemex ya salió del hoyo que, por desatinos de sus líderes y sobre-exigencias del modelo anterior, se cavó colectivamente por muchos años. Hay prácticamente un consenso, bien justificado, en afirmar que Pemex no se ha podido mover lo suficientemente rápido para responder a las nuevas condiciones de competencia. Sus actitudes monopólicas, en diferentes partes del mercado, no están ni cerca de desaparecer. Aún no le entienden bien al nuevo modelo.

La realidad es que estamos en un punto en el que los resultados, más que causa de celebración, nos invitan a plantear preguntas profundas. Si a Pemex le va mejor produciendo menos, como los resultados de este trimestre parecen sugerir, ¿por qué seguir obsesionados midiéndola en volumen de barriles y moléculas? ¿No sería más razonable exigirle que presente una auténtica estrategia que, optimizando su portafolio, se enfoque solamente en crear valor?

Hoy hay fuerzas de mercado que podrían empezar a cargar lo que a Pemex siempre le pareció estructuralmente incómodo.

Seguramente habrá a quién le parezca humillante tener una petrolera nacional que se pueda encoger. Si Pemex es de los mexicanos, sus actividades deberían ser intocables y prácticamente inalienables. Grandes y fuertes.

O no. Brookings y El Financiero recientemente le preguntaron a los mexicanos vía encuesta si Pemex ha actuado en beneficio del país, los mexicanos contestaron abrumadoramente que no. La ventaja de 2 a 1 en la encuesta, que no la tiene ni AMLO, sugiere que los mexicanos reconocemos que Pemex y el modelo monopólico, más que crear valor, ha llegado a destruirlo. Una percepción tan marcada difícilmente se va a revertir sin un cambio más profundo en Pemex.

Hay ideas interesantes sobre la mesa para hacerlo, como listar parte de sus acciones en la Bolsa y cambiar su estructura fiscal. Vale la pena explorarlas a fondo. Pero hay un aspecto inmediato, que no requiere ni un solo nuevo ordenamiento. Es simple y sencillamente reconocer una máxima casi universal en el mundo de los negocios: aun produciendo menos, se puede generar más valor. Empieza a haber evidencia petrolera mexicana.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell