Ayer, el Banco de la Reserva Federal (Fed) mantuvo sin cambio la política monetaria, sus tasas de interés instrumento, así como el tamaño y la composición de su hoja de balance. Es la decisión correcta, como argumenté la semana pasada en esta columna. La economía sigue creciendo, la recuperación es frágil, la demanda doméstica débil, el desempleo muy alto y el crédito privado escaso. La tasa de inflación es baja, su tendencia de corto plazo es aún a la baja y se percibe bajo control en el mediano plazo, según las expectativas de inflación en los mercados. En la opinión de la mayoría de los miembros de su comité de mercado, el balance de riesgo de la economía requiere que la posición relajada de la política monetaria se mantenga durante un largo periodo. Algo similar dirá muy pronto el Banco Central Europeo.

La atención de los mercados se moverá a Toronto este fin de semana, donde se reúnen los jefes de Estado del Grupo de los 20 (G-20). La discusión de los jefes de Estado se centrará en la definición de tiempos, oportunidad, secuenciación, alcances y coordinación de la estrategia de salida de la política fiscal de estos países. El tema de la política cambiaria de China pasará a segundo plano después de que el pasado fin de semana ese país anunció que introducirá gradualmente mayor flexibilidad en su régimen de tipo de cambio.

Sobre la estrategia de salida de la política fiscal destacan dos posiciones opuestas, la estadounidense que se argumenta en la carta de tres-páginas del presidente Barack Obama a los jefes de Estado, y la posición de Europa expuesta también en una carta de tres-paginas por Herman van Rompuy y José Manuel Barroso, presidentes del consejo y de la comisión de Europa.

Posición que apoya y defiende la canciller alemana Ángela Merkel.

Las posturas coinciden en lo general. La principal preocupación del G-20 debe ser la recuperación del crecimiento económico sostenido, lo cual todavía no se ha logrado. Todos los países deben definir una estrategia de salida de mediano plazo de consolidación fiscal, que reduzca a niveles sostenibles los déficit públicos y la relación deuda-a-producto. Pero las diferencias están en los detalles.

Para los europeos el principal problema de la economía mundial es el riesgo de una salida lenta y tardía de los programas extraordinarios de estímulos fiscales para la sostenibilidad de las finanzas públicas. La consolidación fiscal no debe posponerse más allá del próximo año. En Europa la prioridad será puesta en una consolidación fiscal amigable con el crecimiento económico, focalizada en la restricción del gasto público y en la promoción del crecimiento potencial de la economía.

El énfasis de los estadounidenses es distinto. La prioridad es apoyar el crecimiento y tener lista una estrategia para apoyarlo aún más en caso de que la recuperación se debilite. El riesgo es la falta de balance en la demanda agregada global. Están preocupados por la debilidad de la demanda domestica de unos miembros del G-20 (Alemania), que basan su recuperación en las exportaciones aun cuando registran importantes superávit en sus cuentas corrientes (China, Japón y Alemania). En contraste con la posición europea advierte del riesgo de repetir errores del pasado cuando el retiro de estímulos macroeconómicos demasiado rápido generó una nueva recesión y terribles problemas económicos. En este debate estoy con los estadounidenses.

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