La verdad es que Alemania e Inglaterra juegan del mismo lado de l

a cancha. Y los dos tienen en la mira a Estados Unidos. Y no se trata del futbol, porque ahí los estadounidenses no están al nivel de los europeos.

No es en la cancha donde Washington quiere imponer su estrategia y su estilo de juego, es en la economía.

La reunión del G-20 de este fin de semana en Toronto no implicó ninguna sorpresa. Ni en las agendas aparentemente irreconciliables ni en la puntual cita de los tan tolerados globalifóbicos.

Inglaterra y Alemania, como líderes del bloque europeo, pretenden que el G-20 cambie su enfoque de buscar la expansión económica a través del gasto público, hacia el control de los déficit fiscales, que les han dejado los muchos años de irresponsabilidad.

El costo del emparejamiento europeo ha sido muy alto. Los PIIGS aumentaron su nivel de vida para alcanzar a los norteños, pero eso les salió muy caro. En el camino, encontraron la permisividad de los mercados que asumían que una Grecia endeudada era una inversión segura, por aquello de tener el aval comunitario.

La aplicación de subsidios fiscales a la actividad económica ha marcado la diferencia para muchos países en su recuperación. Pero Europa enfrenta las facturas de esa permisividad excesiva.

Por eso, ahora lo que menos quieren escuchar los gobiernos del viejo continente es que deben mantener sus políticas de gasto público. Lo que quieren es que éste sea el tiempo de la recomposición de los estados para reiniciar en el futuro una intervención más sana en la actividad económica.

Pero Estados Unidos, está viendo otra cosa. Es imposible negar que Barack Obama tiene una cifra que le retumba en la cabeza: su 40% de popularidad.

Un nivel de aceptación tan baja, que podría tener cierta envidia de las calificaciones de George W. Bush.

Y si Obama es tan impopular no es por otra cosa que por este dato: el desempleo en niveles de 9.7 por ciento.

Porque los indicadores bursátiles, industriales o comerciales podrán mostrar los beneficios de una recuperación que va a un ritmo lento, comparado con la velocidad de la caída del 2008 y el 2009. Pero la economía crece sin la participación de los trabajadores.

Además, se ha prolongado tanto tiempo el episodio de desempleo que los trabajadores están perdiendo habilidades. Vamos, se les está olvidando lo que sabían sobre sus actividades. Esto implica una pérdida de competitividad para la economía estadounidense.

Entonces, Obama llega con sus contrapartes europeos con el mensaje de no aflojar el paso en el proceso de recuperación, para lograr que los estadounidenses consigan trabajo.

Y quizá por esos altos niveles de desempleo y bajos niveles de popularidad es que por ahora Washington parece obviar que si alguien en este planeta tiene un déficit fiscal abultado, ése es Estados Unidos.

El argumento de Timothy Geithner, secretario del Tesoro de la administración demócrata, es que las cicatrices de la crisis todavía están presentes. En referencia a la posibilidad de que las heridas se abran.

O sea, la posibilidad de la terrible recaída económica global.

Para países como México, la estrategia más conveniente es la que propone Estados Unidos: no eliminar los subsidios de forma tan radical.

La primera piedra

Si usted es de los afortunados que pueden comprar coche nuevo y lo anima el anuncio presidencial de ahorrarse la Tenencia, sólo tome en cuenta algo:

La Tenencia que pagarán los distribuidores, y que se recuperarán en un complicadísimo proceso de acreditamiento fiscal, corresponde sólo a la de este año. O sea, a la mitad del 2010, si lo compran esta semana.

Pero el próximo año su flamante auto nuevo será considerado como un coche usado y por lo tanto pagará 100% de la Tenencia que le corresponda.

No será sino hasta finales del 2011, cuando este vehículo vuelva a quedar exento del pago de este impuesto. Porque es entonces cuando prometen que desaparecerá por completo el impuesto.

Sí, da la impresión de que fue diseñado un poco a las carreras este beneficio.

Recuerda mucho a aquella idea del gobierno federal de congelar precios públicos como las gasolinas, que después provocaron dese­quilibrios que todos tuvimos que pagar con los fuertes aumentos de principios de este año.