El domingo 1 de agosto se presentaron a votar, en el primer ejercicio de consulta ciudadana, alrededor de 7 de cada 100 ciudadanos. Mario Delgado, dirigente de Morena, considera un gran triunfo, de manera un poco tierna, que en la consulta propuesta por el presidente, la mayoría haya dicho que sí a lo que el galimatías y la confusa pregunta que la suprema corte le concedió al presidente; es decir, que sí se cumpliera la ley y que sí procedía el procedimiento (valga la perogrullada), que de todas maneras estaba en la ley. Dinero tirado a la basura. 

Nos gastamos 580 millones de pesos en algo que no necesitaba consultarse, ni necesitaba someterse a otra cosa que no fueran cumplir con las facultades legales del ejecutivo nacional o no. Pero como siempre él no quería correr con la responsabilidad.

Hay veces que me pregunto, ¿para qué habrá querido ser presidente AMLO? ¿Qué motivos y razones lo hicieron llegar hasta donde está? Deben ser muy poderosos, porque está ahí sin proyecto, sin sentido y con fantasmas que le comen su sexenio cotidianamente.

Mientras los hospitales se llenan por el pésimo manejo desde el principio de la pandemia, las casillas estuvieron vacías. Las razones por las cuales hubo tan baja participación pueden ser muchas. Morena se lo atribuye a la falta de promoción que hizo el INE. Yo me inclino a pensar que tiene más que ver con lo que ya sabíamos de la participación ciudadana en nuestro país. Y no es nada nuevo.

Era costumbre, cuando un virrey dejaba el puesto, que tenía que escribir tres libros (con pastas en blanco) aclarando cual era el estado en el que le dejaba el virreinato al virrey entrante. Uno de esos libros era para el rey de España, el otro para el virrey entrante y el tercero para el virrey que se iba. Durante un año el virrey saliente tenía que irse a vivir al (ahora) Estado de México, para que el nuevo virrey pudiera asegurarse que lo escrito correspondía con la realidad. Hasta nuestros días esa tradición se ha mantenido con los libros blancos que se producen cuando un funcionario termina su encargo y en el juicio de procedencia que esta expresado en distintas leyes para presidentes y funcionarios de primer nivel.

En un libro blanco del virrey Revillagigedo, que estuvo entre mis manos hace tiempo, se podía leer un detalle significativo. Revillagigedo le decía al rey, (cito de memoria) “su majestad se asombraría de cómo en estas tierras, aunque las personas no tengan relación o importancia con ciertos asuntos, de todas maneras, quieren ser consultados”.

El presidente ha leído bien y muy eficazmente esa tradición ya presente hace más de tres siglos. Pero ha leído mal que, para la mayoría de las personas, ser consultados es sentirse incluido, pero en realidad no les importa tomar decisiones por esa vía. La autoridad es nombrada y al resto de la población le parece que es la propia autoridad la que debe tomar las decisiones.

En pocas palabras y como lo dije la semana pasada, esta consulta no era para que se tomara una decisión que la ley otorga, sino era una justificación para que de un plumazo se pudiera denostar a 40 años de neoliberalismo. El fracaso en ambos casos es patente y hemos gastado dinero y hemos sometido a una prueba que resultó decepcionante a la ciudadanía del país, solamente para satisfacer un capricho presidencial. Nada más, pero nada menos tampoco.   

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

Lee más de este autor