Un aspecto relevante que condiciona la evolución futura de la economía, lo constituyen las expectativas que sobre dicha evolución tienen los agentes económicos.

Las decisiones de inversión de las empresas o de consumo de los hogares, en gran medida son influenciadas por las expectativas que se tienen respecto de cuál será el comportamiento futuro de variables económicas, tales como las tasas de interés, la inflación y, en periodos de recesión o inestabilidad económica, el comportamiento del empleo y la perspectiva de los ingresos futuros.

De esta manera, por ejemplo, el índice de confianza de los consumidores está correlacionado con factores como la proclividad al ahorro o a la contratación de deuda para la adquisición de bienes.

En un entorno tan complejo y volátil como el que se ha derivado de la pandemia, la expectativa de recuperación, tanto en términos de su profundidad, como de su estabilidad y proximidad, condiciona muchas de las decisiones que a su vez alimentarán un ciclo económico de crecimiento futuro.

En un estudio publicado recientemente, Financial Fragility and Financial Optimism Linkage during Covid-19, de Chhatwani y Mishra, se trató de encontrar la relación entre la fragilidad financiera que enfrentaron las familias, con la percepción de optimismo financiero sobre el futuro y entre estos, la educación y conocimiento financieros.

El estudio encontró que la fragilidad financiera en los hogares naturalmente reduce el optimismo financiero acerca de una recuperación futura; pero que, a mayor conocimiento e información financiera, se tiende a moderar esta relación directa. 

El estudio encontró que, a mayor conocimiento financiero, el mismo nivel de fragilidad financiera no está asociado al mismo deterioro del optimismo financiero sobre el futuro económico. Mayor conocimiento financiero impide un sobredimensionamiento de los efectos potencialmente negativos del futuro.

Lo anterior resulta relevante porque los niveles elevados de pesimismo financiero pueden frenar decisiones de consumo o de inversión de los hogares, más allá incluso del propio deterioro que la fragilidad financiera derivada de la pandemia haya ocasionado. 

Una percepción muy pesimista de futuro puede alimentar una contracción del consumo, mayor de la que técnicamente debería de mostrarse como resultado de la caída de la economía; lo cual implicaría, a su vez, un freno en la velocidad de la recuperación económica, particularmente en una economía en la que el consumo pesa tanto, como la de México.

La investigación apunta a que dicho fenómeno es más notorio en mujeres, entre quienes la fragilidad financiera tiene un impacto mayor y de más largo plazo sobre su percepción del futuro. También sobre las mujeres se da más el efecto mayor positivo del conocimiento financiero para atenuar el pesimismo del futuro.

En países como el nuestro, probablemente esta condición está asociada a que en un alto porcentaje las mujeres fueron más afectadas en desempleo y caída de los ingresos y que son quienes más se consideran responsables del futuro bienestar financiero de sus hogares, asumiendo el mayor grado de responsabilidad sobre el futuro.

El estudio recomienda que la política pública apoye a las mujeres que perciben una situación de fragilidad financiera más seria, si se quiere no sólo atender a un grupo especialmente vulnerable, sino además provocar un efecto financiero que estimule de manera más relevante las decisiones que contribuyan a una mayor velocidad en la recuperación económica.

raul@martinezsolares.com.mx

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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