Nada pone a prueba un modelo como un fracaso. El nuevo modelo energético mexicano lleva varios éxitos acumulados. Hay decenas de miles de millones de dólares en inversiones estimadas a partir de las rondas. Hay descubrimientos recientes, como Zama, Amoca e Ixachi que, si bien no transformarán el horizonte petrolero mexicano de la noche a la mañana, sí son de clase mundial. Y eso es sólo en lo petrolero.

No había, sin embargo, un ejemplo tan claro del modelo puesto a prueba como el proceso de disolución del contrato de Canamex. No porque sea el primer fracaso, los resultados de la Ronda 1.1, por ejemplo, se quedaron por debajo de las expectativas. Pero es el primero que presenta un dilema real.

Canamex es la primera empresa petrolera que gana un contrato de exploración y producción y, meses después, pide cancelarlo. Esto es perfectamente legal. El marco contractual, como en cualquier industria, tiene cláusulas de salida precisas: se regresa el bloque y se paga una penalización.

Pero los usos y costumbres mexicanos, desafortunadamente, han sido menos tajantes. En medio de tanta conversación sobre la transparencia en las rondas, quizás hemos perdido la perspectiva. Renegociar los términos de los contratos ya adjudicados es una práctica muy común en México, piensa, por ejemplo, en la construcción de carreteras. Es más fácil: evita tanto el costo de cancelar y volver a empezar, como la inevitable publicidad del fracaso.

Esto planteaba una disyuntiva real: ¿se aplicaría el marco legal transparentemente y a raja tabla? ¿O los usos y costumbres de la renegociación “privada”? ¿Nuevos criterios competitivos? ¿O regreso al pasado? Afortunadamente, se evitó la salida fácil. Fracasó el proyecto particular: cuando el proceso concluya, Canamex pagará la penalización y el Estado empezará desde cero. Pero ganó la legalidad y se fortaleció nuevo modelo.

También en otro sentido. Para los que siguen de cerca las condiciones de negocio, era relativamente claro que los términos ofertados por la empresa eran insostenibles. Con las regalías que comprometieron, de más de 90 por ciento, además de Impuesto Sobre la Renta y otros impuestos, la empresa perdería dinero en casi todos los escenarios realistas. Le estaba apostando o a que los precios del crudo sobrepasaran máximos históricos o se descubriera un yacimiento extraordinario, muy improbable con las características del bloque. El tiempo le dio la razón a los analistas.

De nuevo, partimos de un fracaso: el modelo original de subasta permitió que se colara una oferta insostenible. Asumía, de alguna forma, que todas las empresas tienen procesos —desde el desarrollo de modelos financieros hasta la toma de decisiones— que las llevan a internalizar los riesgos e implicaciones futuras de sus ofertas. Esto es cierto para la mayoría de las petroleras experimentadas. Pero no necesariamente para las nuevas empresas petroleras mexicanas.

De nueva cuenta, el modelo usó el fracaso, y un poco de teoría económica, para fortalecerse. Las nuevas rondas imponen un límite a las regalías ofrecidas, trasladando la carga decisiva a la oferta de un bono que se paga en efectivo. Al cobrar impuestos desde el comienzo, independientes al éxito exploratorio o la producción, la empresa tiene que asumir una mayor carga del riesgo. También tiene que escribir un cheque millonario desde el día uno. Esto tiende a desmotivar a los que les gusta descontar el riesgo futuro.

Falta ver si el mecanismo del bono fue suficiente o si todavía se tendrá que incrementar el peso del programa de trabajo como variable de licitación. Observar la implementación de los contratos de las rondas 2.2 y 2.3 va a ser clave. Pero, por lo pronto, prueba superada. Lo de Canamex fue un fracaso, pero de los buenos.

Otro descubrimiento

La Agencia Internacional de Energía (a la cual México acaba de ser invitado oficialmente) lanzó este lunes su World Energy Outlook 2017. De aquí al 2040, la demanda de crudo seguirá aumentando, aunque cada vez más lento. La de gas crecerá 45 por ciento. Buenas noticias para los países que sigan invirtiendo en lo petrolero.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell