Me senté a conversar con José Luis Martín “Chito” Gascón, el comisionado de Derechos Humanos de uno de los países en los que más se violan estos derechos en la actualidad: Filipinas.

Como sabemos, el 30 de junio de 2016 tomó posesión como presidente Rodrigo Duterte, y desde entonces comenzó la guerra contra el narcotráfico que había prometido. Pronto se convertiría en una catástrofe humanitaria.

No era que el propio Duterte hubiera ocultado sus intenciones, ni que tuviera algún prurito al proclamar que quería matar gente. Al contrario. El deslenguado verdugo se ufana en todo momento de los asesinatos que instiga… e incluso de los que comete.

De hecho, su envenenado lenguaje le ha ganado adeptos entre otros líderes con rasgos autoritarios, como por ejemplo Donald Trump, quien lo ha elogiado abiertamente.

La realidad es que en Filipinas existen escuadrones de la muerte desde que llegó al poder, y la lista de muertos, supuestamente narcomenudistas o adictos, ya roza las 10 mil personas (algunas ONG duplican esa cantidad). No sólo son los policías los que tienen una especie de licencia para matar, sino los comandos ciudadanos tipo “vigilante”, que saben que no enfrentarán a la justicia por sus excesos.

El escándalo es tal, que la Corte Penal Internacional (CPI) inició una investigación sobre las ejecuciones extrajudiciales. ¿Cómo respondió Duterte a eso? Anunciando que Filipinas se saldría de la CPI.

Lo más lamentable, hoy en día, no es que Duterte haya dicho “los derechos humanos no me interesan”; ni que sea el autor de la frase: “hay que dispararles a las mujeres rebeldes en la vagina, para que así no sirvan”. O que haya mencionado que se debe de matar a los drogadictos y de paso a los obispos, porque critican su forma de gobernar, o que cuando violaron y mataron a una monja siendo él alcalde, fue una lástima que no le tocara primero a él (violarla) “porque la monja era guapa”…

No, eso no es lo más lamentable. Ni siquiera que se haya comparado orgullosamente con el Fürer: “Hitler masacró a tres millones de judíos, a mí me gustaría masacrar a tres millones de adictos”. O que haya dicho a la muchedumbre: “"voy a descuartizar criminales delante de ustedes si así lo desean". O que, literalmente, haya amenazado a los miembros de la oposición de asesinato…

No, nada de eso es lo más lamentable. Ni que alardee con frecuencia de cómo le gusta matar personas (“yo iba por Davao con una motocicleta y patrullaba las calles buscando donde había problemas; lo que de verdad buscaba era una pelea para poder matar"). O que haya dicho que “si hay muchas mujeres bonitas habrá muchas violaciones”. O que haya presumido que intentó abusar sexualmente de una trabajadora doméstica cuando era adolescente. Nada de esto es tan grave como el hecho de que, hoy por hoy, cuenta con el 80% del respaldo popular.

Es en el marco del Oslo Freedom Forum, que tuvo lugar en la Ciudad de México, en que tiene lugar mi conversación con “Chito” Gascón. “Cada día hay muertos en las calles, sin juicios, sin garantías, y no hay un escándalo público –me dice–. La gente no parece darse cuenta, o no se queja. O abiertamente apoya lo que sucede”. Es el embeleso que provoca “el hombre fuerte”: el autoritario capaz de acabar, en el imaginario colectivo, con todos los males.

En este punto Gascón y yo nos enfrascamos en una conversación de fondo: ¿qué hacemos con la democracia, un sistema que puede llevar al poder legítimo a estos antidemócratas, potencialmente criminales? La democracia se trata de darle el poder a la gente, pero, ¿qué pasa cuando las mayorías se equivocan? ¿Qué pasa si la mayoría de la población quiere ejecuciones extrajudiciales, que se perpetre la violencia sexista u homofóbica, o que no se respeten los derechos de las minorías?

“Si no presentamos alternativas viables a lo que estamos viendo en muchas regiones del mundo, perderemos lo que ganamos en estos 70 años después de la Segunda Guerra Mundial –comenta ‘Chito’ Gascón–: las instituciones y los tratados internacionales, el respeto a los derechos humanos”. Y este peligro en el que hoy vivimos, con especímenes de la talla de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Victor Orbán, Recep Tayyip Erdogan o el propio Duterte, ya lo hemos vivido, sólo que las nuevas generaciones no registran esa memoria.

Habla específicamente de lo que la historia atestiguó en los años de entreguerras, cuando había gobiernos con gran apoyo popular, que llegaron al poder a través de las urnas, y que eso no les impidió ser racistas, violentos y autoritarios.

“Todo lo que estamos viendo ahora, ya ha sucedido”.

“Aprendimos de eso –diserta Gascón–. Dijimos que incluso en una democracia las mayorías pueden estar en un error, y es por eso que se necesitan contrapesos, se necesitan mecanismos para limitar el poder: se necesitan derechos humanos. Los derechos humanos no son política, no son de izquierda o de derecha, deben simplemente ser aceptados y protegidos en una democracia”. El único blindaje son los contrapesos ante los populistas o los demagogos. “Si los eliminan estaremos perdidos”.

A pesar del talante cavernario de Rodrigo Duterte, y que ha acudido a toda serie de artimañas para quitarle poder a la Comisión de Derechos Humanos (por ejemplo, hizo que sus parlamentarios adictos le otorgaran un presupuesto de 20 dólares para todo un año), Gascón sigue su lucha por denunciar los crímenes del régimen. Es un contrapeso que no se puede perder en Filipinas, y la suya, una de las pocas voces críticas que el gobierno no ha podido acallar.

Un mar de noticias falsas

“En los años de entreguerras también vivimos el poder de la propaganda con Goebbels y su famosa frase de que una mentira repetida mil veces se vuelve verdad” –ahonda ‘Chito’–. Ahora tenemos la explosión de las noticias falsas, la intromisión de los regímenes autoritarios a través de las redes sociales, y secciones enteras de la población que creen en ideas que no son factuales. Ese es el peligro, porque así no podemos tener un debate civilizado. Por eso es tan importante crear mecanismos para revisar los hechos, e incluso para desafiar los pensamientos o las doctrinas equivocadas”.

“Por eso creo que aquí en México es importante que, mientras celebramos la elección de un nuevo partido y un nuevo líder, se deben de proteger las voces democráticas, porque todas las voces deben tener un espacio, con la única condición de que rechacen la violencia, que nunca debe tener parte en la ecuación”.

Inevitable preguntarle sobre la postura de nuestro país, ahora que finalmente hay casi unanimidad en el continente sobre las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, de no tomar partido. “Cualquier forma de autoritarismo, venga de la derecha o de la izquierda, debe ser contrarrestada, porque usa violencia, como puede ser la fuerza militar, por ejemplo, o bien quemar camiones que traen comida y medicinas para la gente que las necesita”, contesta. “Esos son datos, y los datos no pueden ser negados: camiones-con-ayuda-humanitaria-quemados. Eso debe ir más allá de la ideología. Es importante seguir hablando con la verdad, incluso si algunos no quieren escuchar”.

“Nuestro deber es luchar porque quien esté en el poder, sea liberal o conservador, se atenga al más alto estándar, y ese es el respeto a la constitución y a las leyes, y por supuesto a los derechos humanos”.

“El autoritarismo populista se ha consolidado y es un reto que no se ha logrado reducir, pero se podrá eventualmente, a un costo significativo, pero se logrará”, finaliza. Piensa que la gente es la que decidirá si las instituciones sobreviven al ataque de los hombres fuertes que minan a la oposición y a las instituciones independientes.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

Lee más de este autor