El monopolio de la fuerza y un totalitarismo maquillado de utopía se convirtieron durante muchos años en el tablero de ajedrez geopolítico donde la CIA y Fidel Castro desplazaron sus piezas dejando a su paso no sólo un basurero ideológico, sino muerte. Era la Guerra Fría.

Los espacios tangibles eran terrenos propicios para sembrar ideologías. Así, con ojo hollywoodense, Ronald Reagan vio en la pequeña isla de Granada un gigantesco aeropuerto donde aviones de la Unión Soviética descenderían para repostar combustible. El 25 de octubre de 1983 Estados Unidos desembarcó en la isla para derrocar al golpista Hudson Austin.

Castro, por su parte, animó, uniformó y militarizó a varios países latinoamericanos bajo la forma de paraguas anti-Imperio. Se inventó una gigantesca alma imperial, tan grande, que llegó hasta Angola. Su rentabilidad fue cuantiosa: invertía ideología y ganaba petróleo, simpatías y dinero.

El modelo bélico para Estados Unidos y Cuba concluyó con la Guerra Fría. Lo que vino después se convirtió en caricatura. Daniel Ortega y Nicolás Maduro son dos ejemplos de personalidades cuyas ideologías ya reposan en cementerios, pero sus figuras sobreviven sobre pantallas de plasma con logotipo de Telesur. El primero, gobernando un país de 6 millones de habitantes, pero recibiendo inversiones de un país de más de 1,350 millones de habitantes, China. El venezolano, víctima de lo que Julio Cortázar escribió en Casa tomada . Nicolás no quiere darse cuenta de que la Asamblea opositora es una caja de resonancia global mientras que el Palacio de Miraflores, despacho presidencial, representa a un cubículo atiborrado de cables ideológicos anquilosados.

Muere Fidel cuando Castro ya había fallecido. La fecha es titubeante: 5 de marzo del 2013. Pocos saben la fecha exacta en la que murió Hugo Chávez, la última escala de Fidel.

Raúl Castro y Donald Trump no deben romper la frágil relación diplomática que construyeron Obama, el Vaticano, Canadá y el propio Raúl el 17 de diciembre del 2014. Al hacerlo, apuntarían las manecillas del reloj hacia la Guerra Fría. La verdad inobjetable de los ocho años de Obama es que el embargo nunca tiró a Castro del poder o, si se prefiere, el embargo perjudicó a la sociedad cubana pero no al grupo, al que Ricardo Pascoe bautizó como los juniors de la Revolución, casta gubernamental beneficiada por las externalidades del embargo y la dictadura.

Son los juniors de la Revolución quienes también se resisten a las reformas democráticas. Ted Cruz o Marco Rubio, junto al segmento demográfico veterano del millón de cubanos en Florida, se manifiestan a favor del embargo, no así los jóvenes que comprenden que la batalla ideológica no es más que una falsa verdad que no embona con sus proyectos futuros.

Trump, Putin, y posiblemente François Fillon (con enorme probabilidad de convertirse en presidente de Francia), cambiarían los códigos de las relaciones internacionales, entre ellos, los de la guerra civil siria, la musculatura de la OTAN y la apertura comercial cubana.

Ya estamos viendo a la diplomacia europea catalizando los acercamientos comerciales con Cuba. Fue Hollande el que se adelantó a Rajoy y a la ensimismada Unión Europea, en una misión especial de negocios en mayo del año pasado, el que decidió seguir los pasos de Obama. Los europeos, que ven fallido el acuerdo comercial con Estados Unidos, intentan recuperar el tiempo perdido decretado por el presidente español José María Aznar quien decidió romper relaciones comerciales con la Isla.

Raúl Castro respondió a la victoria de Trump a través de movilizaciones militares; Trump le envía tuits al cubano con su estilo en el que hoy nadie puede distinguir el gramaje de ficción al de realidad.

@faustopretelin