Durante los primeros tres lustros de este siglo, el peso mexicano nos tuvo acostumbrados a un comportamiento elástico, donde veíamos depreciaciones importantes, pero también recuperaciones notables en su relación frente al dólar de Estados Unidos.

Aprendimos a vivir con una moneda que respetaba los diferenciales de inflación con la principal economía del mundo, que no se apreciaba de una forma exagerada, pero que al mismo tiempo se recomponía después de frenar algún embate externo.

Por ejemplo, y para no irnos más lejos, el impacto que tuvo el peso tras la quiebra de Lehman Brothers y el destape de la gran recesión global. En esos días el peso sirvió de escudo protector, se deformó hasta los 15 pesos por dólar y regresó después a niveles inferiores a los 12.

Claro que esta reacción fue producto de la medicina aplicada en aquellos días del inicio de la hiperliquidez de la Reserva Federal de Estados Unidos, pero también eran días de disciplina fiscal en la economía mexicana y de precios altos del petróleo.

El cambio en la política monetaria estadounidense sin duda cambiaría la base de la fortaleza de las monedas emergentes, pero la depreciación que vimos del peso desde el 2014 tenía otros componentes negativos para la economía mexicana como la baja en los precios del petróleo y el desorden en las finanzas públicas mexicanas.

Aun así, esperábamos que tocara fondo la relación peso dólar y emprendiera cierto regreso. Los 13 por uno dejaron de ser lógicos, pero sí teníamos confianza en una relación de 14.50 o hasta 15 pesos por dólar.

Era una forma de aceptar las facturas externas del incremento futuro de las tasas de interés en Estados Unidos y de los temas internos derivados de la baja en los precios del petróleo.

Hoy se ha perdido la esperanza de una recuperación del peso frente al dólar y esa sola expectativa es un factor inflacionario.

Ya no hay pudor por parte de algunos analistas que ponen cara a pronósticos de ver la paridad peso-dólar en septiembre en niveles cercanos a los 21 pesitos por billete verde.

Seguro que muchos de los más pesimistas tienen en los portafolios de sus clientes posiciones en contra de la moneda mexicana y no dudan en echarle un poco más de leña al fuego.

Pero también los analistas que consulta el Banco de México (Banxico) que se caracterizaban por su optimismo cambiario dejaron de lado sus estimaciones de una paridad inferior a los 18 y ya van en ascenso hacia los 19 por uno.

El Banco de México tiene claro, como todos, que la depreciación del peso le pega a los precios de las importaciones y eso le duele a la inflación. Pero los expertos banqueros centrales estadounidenses también saben que las expectativas juegan un papel.

A veces es más importante lo que creen los agentes económicos que el dato duro que estén viendo. Y si hay consenso de que el peso se seguirá depreciando y que los 20 pesos por uno son perfectamente posibles, actúan en consecuencia.

Y entonces ya entrados en ese ambiente negativo también creen que un aumento de menos de 2% en las gasolinas es altamente inflacionario, y si también sube la luz, más se enganchan en ese pensamiento negativo.

Lo que el banco central tiene que hacer de aquí en adelante es mantener la expectativa de que el peso realmente tiene poder de revaluación. Como sea, es una de las monedas emergentes más golpeadas del planeta.

De lo contrario tiene que encaminarse hacia una lucha encarnizada contra la inflación.