La visita del papa Francisco, que llega a México en dos días, despierta múltiples expectativas. Lo más probable es que la gran mayoría de los fieles quede contento sólo con el hecho de que haya venido, de manifestaciones de simpatía hacia México, de actos imprevistos de cercanía con la gente y de ideas generales que pueda decir en torno a la fe y la práctica de los creyentes.

Hay un grupo pequeño, pero significativo, de creyentes, pero también de no creyentes, que esperan que el papa se pronuncie y tome postura sobre ciertos problemas de la realidad nacional que se concentran en cinco grandes temas: respeto a los derechos humanos, violencia, desaparecidos, trato a los migrantes y corrupción.

Para este grupo, lo que diga el papa en torno a estos problemas cumple con tres propósitos: visibiliza los temas y los pone en la mesa de la discusión; presiona al gobierno para que los atienda de mejor manera y orienta a la Iglesia local para que los asuma y trabaje en ellos. Son temas que la Iglesia jerárquica local siempre deja de lado, para evitar confrontarse con el gobierno.

Existen creyentes y no creyentes que piensan que el papa, ofrecen buenas razones, no se saldrá de un libreto previamente diseñado y concertado con la Iglesia local y las autoridades mexicanas. Un argumento poderoso, para sostener esa visión es que el papa, en su condición de jefe de Estado, está obligado a cierto protocolo y principios diplomáticos entre estados que mantienen relaciones oficiales.

Hay también creyentes, me incluyo entre ellos, que piensan que el papa sí se va a pronunciar sobre estos temas. Lo hará no necesariamente como unos u otros quisieran, pero no los va a evadir aunque provoquen tensión al interior de la Iglesia local y con el gobierno. El papa conoce bien la realidad latinoamericana y tiene información precisa de lo que ocurre en México.

Él, en su condición de pastor el otro ángulo de su realidad de papa sabe que es necesario pronunciarse sobre estos temas de suyo complicados, pero inevitables. Sabe también que hay sectores de los creyentes y no creyentes que esperan aborde esta problemática. Sabe también que la nueva pastoral de la Iglesia, en realidades como la de México, debe encarnarse. El Evangelio no es un discurso etéreo sino que implica el compromiso con la transformación de la realidad concreta.

Estoy convencido, espero no equivocarme, que el papa va a encontrar la manera para fijar su postura ante estos cinco grandes temas de una manera clara. A lo largo de los tres años de papado, a cumplir el próximo marzo, ha demostrado que encuentra formulaciones valientes y originales para fijar nuevas posiciones pastorales en temas difíciles y controvertidos.

El papa sabe muy bien que los obispos mexicanos son mayoritariamente conservadores, los conoce y desde hace años con ellos se ha encontrado en diversas reuniones. Tengo la expectativa de que el papa logre calar con su ejemplo de vida y posturas abiertas y dialogantes en los obispos de México. No es fácil, pero la conversión siempre es posible. Es, al final de cuentas, una decisión personal.

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