México padece graves y enormes vacíos de legalidad, servicios de salud, educación de calidad, empleos dignos, vivienda, seguridad y hasta medallas olímpicas. Es fácil confirmar este diagnóstico por las muchísimas carencias nacionales, ésas que el propio secretario de Desarrollo Social, José Antonio Meade, ha calificado de inaceptables. Lo complicado es ubicar los medios y las voluntades más honestas para superarlas.

Las reformas estructurales prometen, lo mismo que las leyes y los programas que ofrecen cobijarlas; sin embargo, nada mejora, nada se soluciona. México está invadido de corrupción, impunidad, narcisismo, incredulidad, desconfianza y enojo. Esta alarmante y desesperante situación requiere -y exige- liderazgos genuinos. Algo similar a la auctoritas que la antigua Roma reconocía por la legitimación social que procedía de la sabiduría y la valía íntegras de la persona con fuerza moral innegable; una capacidad totalmente distinta de la potestas sustentada sólo en la facultad legal, fuerza del Estado, el nombramiento o cargo formal.

Hoy, el liderazgo moral pierde ante el formal, pese a que los liderazgos auctoritas son los que tienen mayor impacto e influencia positiva en comunidades y países. Aquí y ahora hacen falta líderes legítimos, promotores de decisiones convenientes, claras, nítidas y genuinas en favor del bien de la gente.

Eric McNulty, catalizador de liderazgo y resiliencia, considera que el cultivo del liderazgo es fundamental en un mundo complejo y dinámico. Se refiere a aquél que es efectivo porque se arraiga en un estado mental que propicia el dominio de las emociones y el autocontrol.

McNulty, quien ha realizado gran parte de su labor de enseñanza en Harvard, habla de un liderazgo que implica al menos tres cambios mentales:

• Reconocer la complejidad y el carácter no lineal de las relaciones entre las personas.

• Lograr claridad de objetivos y valores para adaptarse al entorno y hacer frente consistentemente a la incertidumbre, y equilibrar intereses de corto y largo plazo.

• Asumir la posesión del propio desarrollo de liderazgo, entender cada quien sus fortalezas y debilidades, y detectar dónde y cuándo pueden hacerse las contribuciones más significativas.

Los liderazgos que catalizan buenas decisiones, que favorecen una administración eficiente del tiempo y facilitan flujos provechosos de información provocan cambios, gestionan expectativas y previenen incertidumbres dañinas... Esos liderazgos de bien, que se enfocan en soluciones y resultados, sin reparar en el esfuerzo requerido, son los que México exige sobre todo si el objetivo es salir de una vez del subdesarrollo y poner fin a las constantes y dañinas crisis de corrupción, depresión y enojo en las que muchísimas generaciones hemos vivido.

Llamamiento contundente

Más allá de la teoría, México tiene indicios de la presencia de liderazgos, principalmente en organizaciones empresariales y no gubernamentales. Observemos, por ejemplo, al nuevo presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), Juan Pablo Castañón, quien legítimamente exige un freno a los cuantiosísimos daños causados por la CNTE. La CCE afirma que aunque la conciliación es indispensable, no habrá una solución contundente, perdurable ni justa si se acompaña de la infracción de la ley y si se tolera que se violenten los derechos de los terceros . Así o más claro el llamamiento.

Leyes para tu Bien ®

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