Un candidato mentiroso promete cambios que gusten ?a los electores y al final, cuando gana los comicios, explica desde el poder por qué no es posible cumplir ?con todas esas promesas.

La combinación entre crisis económica y populismo es altamente peligrosa.

El ejemplo clásico está en la Alemania derrotada tras la Primera Guerra Mundial. Castigado por sus vencedores, abandonado a su suerte, ese país europeo se sumió en una de las peores crisis contemporáneas, con una hiperinflación y un derrumbe en el nivel de vida de los teutones espectacular.

Ése fue el caldo de cultivo ideal para los planteamientos radicales que con facilidad se instalaron en las mentes de los habitantes de un país de altos potenciales pero bajos niveles de vida. Y así surgió el nacional socialismo y, por supuesto, la figura de Hitler.

Ése es el extremo tras una guerra que condujo a otra guerra, pero fue tan fuerte la lección, que la Alemania derrotada durante la Segunda Guerra Mundial fue inmediatamente ayudada para que se levantara, pagando sus facturas de guerra, pero con visión de desarrollo.

Hoy que Europa enfrenta una crisis muy severa, hay castigos políticos constantes. En casos como el de España, donde prácticamente se vive un bipartidismo, el terrorismo le quitó el poder a los de derecha para dárselo a los de izquierda. Y ahora la crisis social y laboral de ese país le arrebata el poder al PSOE para devolverlo al PP.

La oposición francesa al derrotado Nicolas Sarkozy tuvo que elevar la apuesta y reforzar su campaña con un discurso más populista para lograr la atención de los electores.

Es muy probable que el esposo de Carla Bruni no hubiera perdido la segunda vuelta frente al socialista François Hollande si éste no se anima a prometer cambios muy estridentes en la conducción económica.

Un candidato honesto dice a los ciudadanos que se tienen que tomar medidas complicadas, aunque sean dolorosas e impopulares. De ésos no hay.

Un candidato mentiroso pero sensato promete una larga lista de cambios que gusten a los oídos de los electores y al final, cuando gana las elecciones, explica desde el poder por qué no es posible cumplir con las promesas, regularmente culpando a la administración anterior.

Y un candidato con tendencia suicida promete y cumple barbaridades, Hugo Chávez me viene a la cabeza de inmediato. Aunque a veces la realidad es que el Presidente venezolano prometía en campañas menos barbaridades de las que al final acaba haciendo en el ejercicio del poder.

Y Francia parece que ha elegido a uno de esa segunda categoría que promete y a la mera hora le entra la razón.

Hollande aseguró a los galos que a él no le gusta la austeridad porque entorpece el crecimiento y que si algo le repugnaba era la disciplina económica impuesta por Alemania.

Ahora que está a seis días de asumir el poder ya empieza a suavizar su discurso y deja ver que podría no ser tan radical para no angustiar a los mercados, pero que sí se pondrá a revisar las cuentas de su antecesor. Podría encontrar en la cacería de brujas una salida digna.

Pero el caso de Grecia es diferente. Ahí ya pasaron por todos los colores políticos moderados y todos han tenido que enfrentar la realidad de que viven en un país quebrado, y todos han tenido que entender que no hay más salida que la austeridad y la corrección económica profunda.

Es por eso que una población tan desesperada como mal informada le da entrada a los políticos más radicales que prometen soluciones mágicas que son absolutamente imposibles de cumplir y que su ejecución conlleva riesgos políticos, financieros y sociales muy importantes.

Es así como llegan al Congreso heleno los que prometen no pagar ni un centavo de las deudas, desde la extrema izquierda, hasta los que encienden el nacionalismo desde una incomprensible e imperdonable bancada neonazi.

La población se desespera ante la falta de soluciones a sus problemas personales y entonces escucha el canto de las sirenas que acaba por empujarlos al suicidio económico colectivo.

Europa está pagando la factura política de la crisis y es en este escenario donde se pueden generar liderazgos positivos que realmente ayuden a salir adelante desde opciones no tradicionales de la política.

Pero es aquí también en esta fase donde se genera un carisma negativo que lleva a toda una nación abajo, muy abajo.

[email protected]