Mientras Xi Jinping intenta imponer un control total sobre la sociedad china, la UE lo ve simplemente como socio comercial

Munich. Ni la población europea ni los líderes políticos y empresarios de ese continente comprenden plenamente la amenaza que representa la China de Xi Jinping. Si bien Xi es un dictador que está utilizando tecnología de vanguardia en un esfuerzo por imponer un control total sobre la sociedad china, los europeos ven a China esencialmente como un socio comercial importante. No llegan a apreciar que, desde que Xi se convirtió en presidente y secretario general del Partido Comunista Chino (PCC), ha establecido un régimen, cuyos principios guía se oponen drásticamente a los valores sobre los que se fundó la Unión Europea (UE).

Gran Bretaña, que está en proceso de separarse de la Unión Europea, parece tener más apuro por abrazar a la China de Xi que en la propia Europa. El primer ministro británico, Boris Johnson, quiere distanciar al Reino Unido de la UE al máximo posible y construir una economía de mercado libre que no esté limitada por las regulaciones europeas.

Probablemente lo consiga, porque la Unión Europea, por su parte, está dispuesta a tomar contramedidas contra el tipo de regulación que el gobierno de Johnson parece tener en mente. Pero, mientras tanto, Gran Bretaña ve a China como un socio potencial, con la esperanza de restablecer la alianza que el exministro de Hacienda George Osborne estuvo construyendo entre el 2010 y el 2016.

La administración Trump, tan diferenciada personalmente del presidente estadounidense, Donald Trump, ha hecho mejor las cosas en cuanto al manejo de sus vínculos con China. Desarrolló una política que declaró a China un rival estratégico y colocó al gigante Huawei y a otras compañías chinas en la llamada Lista de Entidades, que prohíbe a las empresas estadounidenses hacer negocios con ellas sin el permiso del gobierno.

Sólo una persona puede violar esta regla con impunidad: el propio Trump. Desafortunadamente, parece estar haciendo exactamente eso al llevar a Huawei a la mesa de negociaciones con Xi. Desde mayo del 2019, cuando Estados Unidos la colocó en la Lista de Entidades, el Departamento de Comercio de EU le otorgó a Huawei varias exenciones de tres meses para impedir una penuria excesiva para los proveedores de componentes norteamericanos de la compañía.

Huawei es una compañía muy inusual —y, en algunos sentidos, única. Su fundador, Ren Zhengfei, recibió su educación técnica en parte como miembro del cuerpo de ingenieros del Ejército Popular de Liberación (EPL) y esa entidad se convirtió en uno de sus primeros clientes importantes. En el momento de la fundación de Huawei, en 1987, toda la tecnología de China era importada y el objetivo de Ren era remplazar las tecnologías de ingeniería extranjeras con investigaciones realizadas por especialistas locales. Y lo ha logrado más allá de sus sueños más descabellados.

En 1993, Huawei lanzó el conmutador telefónico más poderoso disponible en China. Posteriormente, recibió un contrato clave del EPL para construir la primera red de telecomunicaciones nacional. Luego se benefició con la política del gobierno, adoptada en 1996, para abastecer a los fabricantes de telecomunicaciones nacionales, lo que también implicó dejar afuera a los competidores extranjeros. En el 2005, las exportaciones de Huawei excedían ya sus ventas domésticas. Para el 2010, Huawei estaba ya incluida en la lista global de las 500 compañías más grandes de la revista Fortune.

Sin embargo, desde que Xi llegó al poder, Huawei ha perdido toda la autonomía que pudo haber tenido. Como cualquier otra empresa china, debe cumplir las órdenes del PCC. Hasta el 2017, esto siguió siendo un entendimiento implícito; con la adopción de la Ley Nacional de Inteligencia ese año, se convirtió en una obligación formal.

Poco después de eso, un empleado de Huawei estuvo involucrado en un escándalo de espionaje en Polonia, y la empresa también ha sido acusada de otros casos de espionaje. Pero el espionaje no es el mayor peligro para Europa. Hacer que la infraestructura más crítica de Europa dependa de tecnología china implica abrir la puerta al chantaje y al sabotaje.

A mí me resulta claro que, bajo el gobierno de Xi Jinping, China plantea una amenaza a los valores sobre los que se fundó la Unión Europea. Aparentemente, esto no les resulta tan evidente a los líderes de los estados miembro de la Unión ni a los líderes de la industria, particularmente en Alemania.

La UE enfrenta un tremendo desafío: la mayoría proeuropea silenciosa ha hablado y ha dicho que su principal preocupación es el cambio climático, pero los estados integrantes están peleando entre sí por el presupuesto y están más concentrados en apaciguar a Xi que en mantener la relación transatlántica.

En lugar de librar una batalla perdida contra el predominio de Huawei en el mercado 5G, Estados Unidos y la UE, o sólo la UE, deberían cooperar para fortalecer a Ericsson y a Nokia como competidores viables.

Xi se reunirá con los jefes de Estado y de gobierno de los 27 estados miembro de la UE en la cumbre UE-China, en Leipzig, Alemania, en septiembre. Los europeos tienen que entender que esto le otorgará a Xi Jinping una victoria política muy necesaria a menos que se le haga responsable, y se le cuestione, por no respetar los derechos humanos, especialmente en Tíbet, Xinjiang y Hong Kong.

Sólo el liderazgo político chino puede decidir el futuro de Xi. El daño causado por su mal manejo del estallido del coronavirus se ha vuelto tan ostensible que la población china, y hasta el politburó, deben reconocerlo. La Unión Europea no debería facilitar, a sabiendas, su supervivencia política.

El autor

George Soros es fundador y presidente de la Open Society Foundations; recientemente publicó In Defense of Open Society (PublicAffairs, 2019).