Durante las últimas semanas los mercados financieros han tenido un desempeño muy favorable, impulsados principalmente por los avances concretos encaminados a lograr un desenlace ordenado de la crisis europea. Los líderes de ese continente han dado pasos importantes en dos frentes: acuerdos para una mayor integración fiscal y una mayor intervención del Banco Central Europeo (BCE) como proveedor de liquidez de última instancia.

El lunes de esta semana, los líderes de los 25 países miembros de la Unión Europea (UE) lograron un pacto histórico que encamina a ésta a una mayor integración fiscal. El pacto, que viene precedido por algunos acuerdos preliminares logrados a principios de diciembre, obliga a los países a mantener su déficit presupuestal como porcentaje del PIB en un máximo de 0.5% en promedio a lo largo del ciclo económico y además exige que la deuda total del gobierno no exceda 60% del PIB durante dicho ciclo. La UE ya contaba con reglas similares a éstas pero la diferencia es que el pacto actual otorga poderes a la Corte Europea de Justicia para imponer multas significativas a los países infractores.

A principios de diciembre mencionamos en este espacio que el BCE había sido renuente a jugar un papel más activo como proveedor de liquidez debido a la falta de acuerdos para lograr una mayor integración fiscal. Asimismo mencionamos que la renuencia alemana a que el BCE tuviera una mayor intervención era un riesgo calculado con tintes políticos y la aspiración de un mayor control sobre la Unión Europea.

Con los acuerdos preliminares de diciembre y el pacto de esta semana, Alemania ha logrado este mayor control que estaba buscando, tranquilizando su ambivalencia. El pacto de mayor integración fiscal no fue tan lejos como algunos observadores hubieran querido, logrando una federalización total de la política fiscal a nivel UE y creando de facto a Estados Unidos de Europa. Sin embargo, la promesa de un mayor control fiscal por parte de Alemania ha sido suficiente para que el BCE intervenga de manera más activa, reduciendo considerablemente la probabilidad de entrar en los escenarios más caóticos.

El accionar actual de los líderes europeos no resuelve los problemas de fondo de la UE pero compra tiempo valiosísimo para lograr una resolución ordenada de éstos. Con el apoyo del BCE, países como Italia y España están logrando renovar su líneas de financiamiento en tasas de interés favorables.

Italia y España tienen un reto descomunal en frente: reducir su déficit fiscal de manera considerable en los próximos dos años en un escenario de nulo crecimiento y sin la facilidad de recurrir a la depreciación de la moneda como herramienta de política económica. España e Italia, al igual que Grecia y Portugal, tendrán que lograr estos ajustes con medidas draconianas de austeridad y reformas estructurales trascendentales.

El riesgo es que las medidas de austeridad puedan sumir a estas economías en una recesión aún más profunda y que los beneficios de los cambios estructurales tarden tiempo en reflejarse en los niveles de actividad económica. Es por esto que la solución para países como Grecia -cuyo déficit es descomunal y el tamaño de su economía es marginal- implica una quita en la deuda y, en el futuro, una posible salida de la eurozona.

El siguiente paso para los líderes europeos es establecer un mecanismo de salida ordenada para países como Grecia en el que el ajuste fiscal es prácticamente imposible sin una depreciación de la moneda que permita incrementar la competitividad de la economía. Este mecanismo no implica un desgajamiento de la eurozona sino una puerta de salida para economías de tamaño marginal.

Alemania ha jugado bien sus cartas. Consciente que el escenario menos costoso era aquel de la mayor integración fiscal combinado con una participación mucho más activa del BCE como proveedor de liquidez, ha logrado que los demás países cedan soberanía para asegurar suficiente influencia en las decisiones de ajuste fiscal y cambio estructural necesarias para salir del atolladero.