Según Walter Wriston, director general de Citibank en los 80, los países no quiebran , lo que justifica la política del banco de invertir una proporción importante de sus activos en créditos soberanos de América Latina y, en particular, en México. Pronto fue evidente su error, en la región se disparó una ola de defaults y la llamada Década Perdida que sólo comenzó a superarse con el Plan Brady de 1989. Sin embargo, en cierto sentido Wriston tenía razón, los países no quiebran de la misma manera que una empresa privada. En general, los países no desaparecen, no se les invade como en otros tiempos y basan la declaración de quiebra en un cuidadoso análisis costo-beneficio que toma en cuenta aspectos económicos, financieros, políticos y sociales. La declaración de quiebra de una empresa privada es un asunto distinto, los acreedores tiene derechos bien definidos por la ley y pueden tomar control de los activos del deudor o de sus ingresos. El cobro de la deuda depende de la capacidad de pago del deudor. En la deuda soberana no sólo importa la capacidad de pago, sino también la voluntad de pago, ya que no existe un marco legal supranacional efectivo de ejecución de contratos de crédito.

No siempre fue así, en el siglo XIX y principios del XX, en Reino Unido y EU la diplomacia de cañoneras era la moda, Egipto, Turquía, Venezuela, Haití y Republica Dominicana, entre otros, fueron ocupados para garantizar el pago de su deuda externa. Los defaults han sido bastante frecuentes en la historia, ocurren en olas porque generan contagio y generalmente vienen asociados con crisis bancarias en los centros financieros del mundo. Sólo en raras ocasiones se trata de quiebras absolutas, en la mayoría de los casos son parciales, en las que los acreedores recuperan parte de la inversión después de un intenso forcejeo entre acreedores y deudores. En ocasiones se les llama reestructuración, que puede ser forzosa o voluntaria. En el primer caso, el deudor obliga al acreedor a extender la duración de la deuda o a reducir el pago de intereses. Para las agencias de crédito una reestructuración es equivalente a un default parcial.

Hace unos días, S&P degradó la calificación soberana de Grecia a su nivel más bajo, CCC , en compañía de Pakistán y Jamaica. Los jefes de Estado de los 17 países de la eurozona y el Gobernador del Banco Central Europeo se reunieron el martes buscando definir un nuevo paquete de ayuda financiera a Grecia que evite un default y su expulsión de la eurozona. Fracasaron. Fracasó también el primer paquete de ayuda a Grecia de Europa y el FMI por 120,000 millones de euros, la competitividad sigue siendo un desastre,

la banca está quebrada, la recesión es profunda y la relación deuda externa–PIB se aproxima a 150%, para la que el país no tiene capacidad ni volutad de pago. Para evitar el default, la quiebra de la banca y mantenerse en el euro, Grecia requiere de otros 100,000 millones de euros para seguir a flote hasta el 2014.

Alemania propone un paquete de ayuda en el que los gobiernos aporten fondos, pero con la participación de los acreedores privados, que deberán aceptar una reestructuración de la deuda griega en sus manos, extendiendo el plazo de vencimiento siete años. El Banco Central Europeo se opone a una reestructura obligada, ya que teme desatar una crisis bancaria en la periferia de la eurozona, un Lehman Brothers europeo. A algún creativo funcionario se le ocurrió llamarle reperfilamiento en lugar de reestructuración, porque esto último se consideraría un default. Los líderes europeos continúan evitando enfrentar la realidad y posponen la solución para el 2014. A la banca europea le falta capital.

[email protected]