Entre el 2005 y el 2008, los precios mundiales de los alimentos básicos superaron por primera vez en magnitud a los presentados hace tres décadas. Esta situación fue causada, entre otras razones, por el rápido crecimiento de las economías emergentes que tienen cada vez más habitantes con capacidad de consumir leche y carne, lo que incentiva la desviación del uso de granos alimenticios hacia el uso forrajero.

El crecimiento de la población, con cerca de 80 millones de nuevas bocas que alimentar cada año, es otro elemento importante que contribuye al incremento de precios. Lo anterior se ve agravado por la presencia de fenómenos meteorológicos.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés), el alza de los precios y su volatilidad constituyen una grave amenaza para la seguridad alimentaria de los países en desarrollo y la población pobre es la más gravemente afectada.

De acuerdo con el Banco Mundial, en el 2010-2011 el aumento de los costos de los alimentos llevó a cerca de 70 millones de personas a la pobreza extrema y por lo tanto a niveles de nutrición insuficientes o a condiciones de inseguridad alimentaria.

La FAO considera que el camino para lograr la seguridad alimentaria es aumentar el ingreso per cápita, elevar el nivel de educación y mejorar la salud según su orden de importancia.

En este sentido, es importante considerar que la producción de alimentos y su venta contribuyen al ingreso de las familias rurales pobres, si éstas tuvieran la posibilidad de trasladarse a cultivos no alimentarios de mayor rentabilidad, se podría esperar una mayor seguridad alimentaria y en caso de no ser posible, el principal camino para mejorar la nutrición es mejorar los rendimientos de los cultivos que ya producen.

Al respecto, en el Foro Internacional sobre Seguridad Alimentaria y Volatilidad de Precios de los Alimentos celebrado en octubre del 2011, se presentaron cuatro estrategias para incrementar la productividad en el sector agrícola.

En primer lugar, se proponen cambios tecnológicos tales como la labranza de conservación en lugar de la labranza convencional.

Se recomienda mejorar la eficiencia, lo que necesariamente significa una aplicación racional de insumos agrícolas (fertilizantes).

Además, es deseable el incremento en el tamaño de las escalas de producción, tomando para ello el ejemplo de la producción consolidada de caña en Brasil.

Finalmente, es indispensable la existencia de programas gubernamentales de fomento a los agronegocios que engloben estas recomendaciones en estrategias de participación pública, privada y académica. En conclusión, una mayor productividad del campo es posible.

*Beatriz Margarita Zavariz Romero es especialista de la Dirección de Estudios y Evaluación de Programas en FIRA. La opinión es responsabilidad del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA. [email protected]