Nunca se ha aceptado, al menos de forma generalizada, que el potencial energético de México es amplio, pero limitado. En al menos una de las versiones de la historia —hoy por hoy la oficial— lo que nos ha frenado no es falta de capacidades técnicas, financieras o de gestión. Los grandes frenos, según el presidente y su equipo, fueron la corrupción, el dispendio y el complot neoliberal: la CFE y Pemex ni ganas le estaban echando. Si tan sólo se hubieran esforzado, dicen, seguiríamos siendo una potencia energética mundial.

Desde hace un año, ya no caben esas posibilidades. Discursivamente, tanto Pemex como la CFE se han limpiado y su rescate está en marcha. El gobierno ha prometido que no escatimará en ningún momento para darle a nuestros campeones energéticos todo lo que necesiten para renacer. Las llaves de la producción petrolera se han abierto y el pleno despliegue de recursos para que la CFE genere más y mejor va.

Con todo este respaldo, y sin las resistencias neoliberales, sesgando cualquier proceso o decisión interna, debería ser fácil para Pemex y la CFE cumplir sus metas. Quizá, darle la vuelta a la producción petrolera en un año, como plantearon en diciembre del 2018, era demasiado ambicioso. Pero seguramente sería sencillo cumplir con las metas de actividad y producción en los 17 campos prioritarios, que esta Administración ha podido diseñar y controlar casi desde origen. Para la CFE, seguramente sería sencillo ampliar su parque de generación eléctrica de forma mucho más económica que usando los “caros” proyectos renovables de las subastas de largo plazo. Al final del día, es esto lo que importa. Lejos de las grillas regulatorias y política de culpas, el sector energético mexicano sólo estará mejor, teniendo mayor abundancia de energía barata, limpia y confiable.

El problema es que hay una abrumadora cantidad de evidencias en contra. La producción de Pemex bajo el nuevo régimen cayó de nuevo —por quinceavo año consecutivo. De los 17 campos prioritarios que quedan, sólo cuatro producen crudo: 4,400 barriles diarios. Otros 13 están atorados con retrasos y cambios de planes. Y en exploración es difícil opinar por toda la incertidumbre que han generado, confundiendo reservas con recursos in situ. Las cosas, de nueva cuenta, se están enmarañando. Aguas abajo, en el plano de combustibles, es difícil identificar algún acierto estratégico de Pemex que resulte en crecimiento o de ingresos o de utilidad.

La CFE, por su parte, se sigue autocongratulando por su bullying a los privados: desde la saga de los gasoductos hasta los Certificados de Energía Limpia  y su pliego petitorio que la pone en camino para reconstituirse, en términos prácticos, como un indiscutido monopolio. Pero no hay datos disponibles sobre nuevos proyectos que realmente reduzcan los costos de generación respecto a benchmarks competitivos. De hacer su generación más sustentable, ni hablar.

¿Esto es todo lo que tenemos? Si ahora sí estamos echando nuestro resto, se están acabando las excusas válidas. Ni las ganas ni los esfuerzos de limpiar la casa han resuelto el problema. El gran legado del 2019 es que ya no está quedando de otra más que reconocer nuestras deficiencias técnicas, financieras y de gestión. Tenemos recursos, tenemos talento y tenemos potencial. Pero, por doloroso que sea, no tenemos ningún papel estelar garantizado. En vez de culpar y criticar, hay que ponernos a trabajar.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell