A pesar de que los países de la región latinoamericana recibieron el 62% de los créditos del FMI para enfrentar la crisis del covid, tiene el 20% de las infecciones y el 30% de los muertos.

Tanto el covid como el cambio climático han evidenciado la ausencia de visión de Estado de los dirigentes políticos de América Latina. Mientras los países desarrollados le ponen dinero suficiente a la vacunación y realizan programas para descarbonizar sus economías, con sistemas armonizados de incentivos a las energías renovables, en América Latina se ignora que hay que ponerse a trabajar para que el futuro no sea peor que el presente. Y de paso retorcerle el cuello a la retórica para desinflar las palabras, privilegiando a la experiencia.

Los organismos regionales tampoco se caracterizan por pensar y proponer fórmulas para beneficio de estos países. Más allá de los lugares comunes, no hay luces para superar el atraso y el estancamiento de las fuerzas productivas.

A pesar de que los países de la región latinoamericana recibieron el 62% de los créditos del Fondo Monetario Internacional para enfrentar la crisis del covid, tiene el 20% de las infecciones y el 30% de los muertos. Tampoco hay en la perspectiva, en la mejor de las hipótesis, la superación de la pandemia antes del 2022.

El crecimiento económico mundial esperado según el FMI podría ser del 5% en este año, determinado en gran medida por la recuperación económica de Estados Unidos. La llegada de Joe Biden al gobierno ha marcado un valioso cambio cualitativo, que ha significado un mayor gasto público. Ello arrastrará positivamente a la región latinoamericana que podría crecer al 3 por ciento.

La explicación es que el 45% de las exportaciones latinoamericanas tienen como destino a Estados Unidos y en el caso de México el 80 por ciento. Si no fuera por el repunte económico norteamericano, en América Latina la situación sería peor de lo que está ahora. El aumento de la productividad como resultado de la dinámica del sector exportador acarrea la elevación del consumo de la minoría contenida en el sector "moderno" lo que toma la forma de adición de nuevos productos imitando a los del exterior, de las economías dominantes.

También es positiva la decisión del gobierno norteamericano de invertir en Centroamérica para ayudar a superar el atraso que explica la masiva emigración hacia México y Estados Unidos. Pero el apoyo está condicionado a mejorar a las instituciones democráticas, a invertir en capital humano para modernizar el ascensor social, especialmente en educación y salud, combatir la corrupción y el narcotráfico, fuentes ambas de inseguridad.

Droga y gran capital no son cosas separadas lo que explica formas de narcocapitalismo. Los árboles permiten apreciar el horror del bosque. Hay una enorme desconfianza en los países del Triángulo Norte de Centroamérica. Consecuentemente no hay capacidad para ofrecer oportunidades a todos, especialmente a los que más lo necesitan.

En Estados Unidos gobierna un demócrata que en términos europeos sería un socialdemócrata. Su gobierno ha realizado una cobertura de vacunación que es paradigmática, esta enfrentándose a la problemática del cambio climático, ha realizado el diagnóstico para negociar con México y Centroamérica sobre migración.

Ante este cambio de actitud y decisiones de Estado, diferentes a las regresiones de Trump, América Latina tiene que sacudirse de la inercia y dejadez. Si bien las élites políticas latinoamericanas han seguido un modelo económico disfuncional responsable de haber generado mayor concentración de la riqueza en pocas manos y ser incapaz de crear un Estado de Bienestar, es el tiempo para el Estado de Derecho que limite el poder y crecer con desarrollo social.

smota@eleconomista.com.mx

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.

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