Las historias no son verdad. No hay genios ni alfombras voladoras . Dice Salman Rushdie, quizá el más famoso de los escritores ingleses contemporáneos. Renombrado por su escritura y tristemente por la condena de muerte, y el precio por su cabeza a cargo de Jomeni, el peor lector inconforme de la historia.

Segunda visita de Rushdie a Guadalajara (estuvo en la FIL hace veinte años presentando El último suspiro del moro cuando todavía lo escondía y protegía el gobierno británico). La memoria de esos años se recrea en su libro de memorias Joseph Anton (2012). Esta vez presenta Dos años, ocho meses y veintiocho noches, inspirada en la recopilación de relatos árabes: las mil y una noches.

Rushdie abrió el domingo pasado el salón literario de la FIL. El evento inaugural de las discusiones y presentaciones literarias que suele estar a cargo de figuras internacionales, y que cada año consigue mayor convocatoria.

Creo que los libros y las historias de las que nos enamoramos nos convierten en quiénes somos, nos cambian en una forma fundamental y se vuelven parte de cómo vemos y entendemos el mundo dice Rushdie antes de esbozar un trayecto por las fábulas y relatos infantiles de diversas culturas. La infancia, el único país al que pertenecemos todos y que inevitablemente perderemos.

Su viaje termina con una recreación un tanto macabra de las desventuras de Sherezade y las historias que tuvo que inventar para no ser asesinada por un sultán, que para la primera noche de las mil y una, ya había decapitado a tres mil esposas vírgenes. Hay algo perturbador en su lectura de una leyenda que suele colarse, aparentemente inocua, hasta los libros infantiles. Lo que hace Rushdie es precisamente compartir las historias y libros que lo enamoraron en la infancia y formaron su visión del mundo y la literatura.

Desorganización

Es muy posible que la FIL 2015 pase a la historia como una de las más desorganizadas a las que he asistido. Los problemas inician con un programa de actividades que no incluye todas las actividades o los sitios donde finalmente se llevaran a cabo. Los eventos del país invitado quedaron ausentes de la edición impresa, salvo una leyenda invitando a consultar una ineficaz App y un calendario en el pabellón del Reino Unido.

Pero el tema va más allá de autores internacionales que se presentan a firmar libros sin estar en la lista de participantes o los conflictos de un calendario de actividades que programó eventos populares en forma simultánea y salas adjuntas colapsando el orden, esto sumado a una asistencia mayor, puso casi en riesgo la integridad de los asistentes. En los accesos había información contradictoria, voluntarios pobremente capacitados y por primera vez desde que recuerdo, eventos que empezaron y terminaron tarde. Se improvisaban decisiones con instrucciones apuradas a voluntarios desbordados e indolentes. No dejen que tomen fotos, díganles que no se puede... gritaba alguien durante la improvisada firma de libros al final de la espléndida charla de Salman Rushdie con Pedro Ángel Palou.

¿Para qué tener tres versiones del programa de actividades si ninguna tiene la información completa? Peor aún si quien está a cargo del mostrador de información desconoce el nombre de los autores, salas y eventos. La intención de crear una App agenda va acorde a los tiempos, pero es tan útil como su interfaz y la información con que es alimentada, y en ambas, esta vez, reprueba.

Tres formas de presentar un libro

El domingo Jorge Volpi presentó Pureza de Jonathan Franzen a un repleto auditorio Juan Rulfo. La sesión duró 50 minutos. Durante la primera mitad, Volpi realizó una minuciosa descripción de los personajes, nodos y puntos argumentales del libro. Entonces hizo la primera pregunta al estadounidense. Pensé que no se iba a callar nunca , dijo alguien en el centro de la sala. Franzen inició precisando discrepo con esto y aquello, acá no pasó eso, esto en realidad se trata de otra cosa . Volpi sonrió y alzo una ceja. Le preguntó si su intención en tal o cual parte del libro era provocar tal o cual reacción. Franzen respondió casi perplejo: En corto...no. Al final, Franzen habló poco de su proceso creativo, su alejamiento de la sátira e invocación al sentido del humor, pero el tiempo se había terminado.

El martes por la noche, Guillermo Fadanelli charló con el escocés Irvine Welsh. Fadanelli entró con gafas oscuras, sombrero negro y gritos bilingües de quiero ser famoso . Su dar el rol con Welsh quizá suponía que el autor de Trainspotting se sentiría en confianza discutiendo de sexo, drogas y rock n’roll con la versión mexicana del enfant terrible. Welsh, por su parte, demostró ser un tipo serio capaz de hablar sin aspavientos de sus experiencias y personajes marginales.

Por su parte, Palou tuvo claro que lo que quería la gente que se formó media hora frente al auditorio Juan Rulfo era escuchar a Salman Rushdie. Abrevió una inteligente introducción sobre el autor, su obra y sus temas, y dejó hablar al inglés casi cuarenta y cinco minutos, guiando la conversación mediante preguntas breves exentas de protagonismo. Al final, cuando el voluntario le acercó el papelito de tiempo transcurrido, preguntó a Rushdie cómo fue su visita a México después de veinte años. Me la paso hablando respondió, éste risueño. Después se anunció que firmaría ejemplares para todos los asistentes que lo desearan. Una sesión inolvidable.

Twitter @rgarciamainou