Barack Obama entró por primera vez, en todos estos años de ser presidente, a un Congreso dominado por los republicanos.

Sin embargo, el manto protector del mandatario demócrata al llegar a la Cámara principal del Capitolio fue un despegue económico sostenido, acompañado por una baja en los precios de los energéticos y una corrección fiscal casi completa.

Así es que la antesala del último año de gobierno de Obama no se convirtió en una zanja a la medida de una tumba política, sino en una larga lista de planes como si estuviera llegando al poder.

Los más radicales del Tea Party republicano le regatearon el aplauso al presidente afroamericano, pero la verdad es que el escenario económico pinta inmejorable para ese país.

Y si bien la relación política entre los dos principales partidos de aquel país ha sido de pena ajena, la realidad es que la intervención de la Reserva Federal tiene mucho que ver con el éxito alcanzado.

La recuperación económica estadounidense de esta década es un caso de estudio al que todavía le falta el pago de las facturas monetarias, que están pendientes con el reinicio del aumento en las tasas de interés.

En todo caso, las peores consecuencias se darán en aquellos mercados emergentes que fueron los receptores de esos dólares que no encontraban rendimientos en el mercado doméstico estadounidense.

El crecimiento de la economía de Estados Unidos está en marcha, su paso no es tan acelerado como para pensar en medidas monetarias emergentes. No es una marcha titubeante como para pensar que es frágil.

Obama no va a conseguir sacar adelante su plan fiscal de beneficio para las clases medias cargando la mano a los contribuyentes más ricos. Es una trampa ideológica que los demócratas le ponen a los republicanos para exhibirlos el año previo a las elecciones presidenciales.

Es perverso el juego de proponer lo imposible y bloquear lo que sea, pero demócratas y republicanos se pueden dar el lujo de seguir con sus vencidas cuando el pronóstico de crecimiento de la economía de Estados Unidos apunta a algo superior a 3.5% este año, que es un resultado por demás positivo.

Ése es el contexto de lo que ocurre con la locomotora de la economía mexicana. Estados Unidos va a crecer y el resto de los países del primer mundo, no. Y en esa dependencia económica y financiera que tenemos, México es de las naciones latinoamericanas más grandes, la que más va a crecer este año.

Es un hecho que como mercado emergente que disfrutó de la borrachera de dólares de los planes de liquidez de la Reserva Federal, hay cuentas por pagar. La dependencia fiscal del petróleo también tiene un saldo pendiente.

Recortes al gasto, aumentos en tasas, presiones cambiarias, en fin. Algunas calamidades financieras que no parecen tan serias si comparamos lo que otros emergentes tienen que hacer ahora mismo.

A cambio, una economía más dinámica que pueda finalmente crecer por arriba de 3% como no lo ha hecho ya en muchos años y tener la posibilidad de mantener esas tasas de crecimiento por un periodo largo de tiempo.

Como condición general para lograr resultados positivos, está lograr un Estado de Derecho y una estabilidad y paz sociales.