Con el inicio del juicio político a Donald Trump a iniciativa del Partido Demócrata y la sentencia del Tribunal Supremo del Reino Unido que desautorizó al primer ministro Ben Johnson por la decisión de cerrar el Parlamento para evitar el debate sobre el Brexit, pone de manifiesto que a pesar de los embates populistas hay países democráticos que han establecido salvaguardas constitucionales para limitar y sancionar abusos de poder.

Norberto Bobbio, destacado maestro en ciencia política, decía: “Sólo el poder puede crear derecho y sólo el derecho puede limitar el poder. El Estado despótico es el tipo ideal del Estado de quien observa desde el punto de vista del poder, en el extremo opuesto está el Estado democrático, que es el tipo ideal de Estado de quien observa desde el punto de vista del derecho”.

Independientemente de que la geografía del populismo es un viaje complejo y contradictorio, cada vez esta más claro que los populistas tienen como artillería política criticar las deficiencias de las instituciones democráticas y ofrecer el paraíso terrenal. Una vez que llegan al poder tienen una enorme confusión, se basan en ideas de muy corto plazo que impide abordar los retos del Estado de bienestar. Al prometer y no cumplir logran un absoluto fracaso.

Trump idolatra al capitalismo salvaje e ignora al Estado social, recurre al proteccionismo anacrónico y las políticas de perjuicio al vecino; Johnson abusa del poder y tienen que detenerlo las instancias normativas; Bolsonaro desprecia el mundo secular y es atrapado por  las tesis evangélicas mientras la economía se hunde; Salvini, un demagogo que fue eliminado de la alianza que gobierna Italia por su protagonismo de codazos.

En el caso del Ucraniagate a Trump le salió el tiro por la culata. Intentó desprestigiar a su rival político y el resultado fue que se le revertió al vulnerar la seguridad nacional. También se afectó al gobierno de Ucrania, dirigido por  un excomediante, mismo que con tal de recibir el apoyo de EU para comprar armamento  dio luz verde a las peticiones de Trump, otro comediante.

Hay un jugador internacional que vulnera los paradigmas: China. Ahí la libertad política no va a la par con la libertad económica. Tiene una economía de mercado, 250,000 empresas estatales y férreo control estatal. China reafirma su particular versión de la Doctrina Monroe: “Asia para los asiáticos”.

Todos los países tienen una economía de mercado. Es ella la que abre las puertas de la globalización. El éxito o fracaso está determinado por la productividad de las empresas. De ahí se engarzan a las cadenas productivas de valor transnacional, a los mercados financieros interdependientes a escala global, a la pérdida de soberanía de los estados nacionales, a la emigración desde los países en desarrollo.

Ante el caos creado por los gobiernos populistas, de nuevo surgen en las democracias liberales los intentos racionales: desarrollar la planeación, hacer las reformas para mejorar las estructuras institucionales, negociación con las élites del poder para gobernar, la aplicación de medidas heterodoxas en la economía, legitimidad de gestión.

Si bien cada país tiene sus limitaciones y potencialidades, mismas que son analizadas por los organismos internacionales, todo el mundo tiene puesto los ojos en los países más desarrollados y sus líderes, que marcan las pautas de los caminos a seguir. Son los que lideran y proponen en el G7, el G20 y en las reuniones internacionales de la ONU sobre problemas globales.

El evolucionar hacia estructuras  institucionales multifactoriales (tecnología, innovaciones, comercio, productividad, utilidades) hace que los países grandes ejerzan el liderazgo. Decían los antiguos griegos que la regla de oro consiste en que el que tiene el oro fija las reglas.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.