Hace no muchos años, en este país la turbulencia política generaba inestabilidad económica. Y sin duda que 1994 es un gran ejemplo de ello. Fue un año ciertamente muy difícil. Inició con el levantamiento zapatista en Chiapas. Fue el año electoral en donde el candidato priísta favorito para ganar fue asesinado en campaña.

Pero más allá de estos eventos política y socialmente graves, también es un hecho que la economía mexicana no estaba en condiciones de resistir el nerviosismo de los agentes económicos.

El tipo de cambio era fijo, las reservas internacionales eran prácticamente inexistentes, el país tenía una importante deuda en dólares de corto plazo mal respaldada. La deuda privada crecía de forma importante. Las finanzas estaban desequilibradas.

Como en su momento dijeron los políticos gobernantes, la economía estaba agarrada con alfileres. Mismos que fueron retirados por la administración entrante, a finales de 1994.

Así que la crisis, bautizada por los salinistas como el error de diciembre, fue producto de la combinación de la mala economía y la inestabilidad política.

A partir de esa crisis y hasta la fecha, los responsables de las finanzas públicas se han encargado de reforzar los fundamentos económicos y hoy lo que tenemos es una base aceptablemente sólida.

La prueba de fuego de esta resistencia económica se dio, sin duda, con el proceso poselectoral del 2006. Más que el resultado cerrado de la elección, la reacción negativa del perdedor y sus movilizaciones habrían sido suficientes en otros tiempos para provocar una crisis sexenal de dimensiones mayores.

La amenaza de violencia con la toma del Zócalo y Reforma, más los hechos impulsivos de muchos legisladores en la vergonzosa toma de posesión de Felipe Calderón habrían bastado para una devaluación del peso.

Pero no. Es un hecho que muchas inversiones se postergaron ante la incertidumbre del fallo del Tribunal Electoral y la actitud violenta de López Obrador tras su derrota, pero la economía mexicana resistió sin mayores abolladuras.

Por eso, ahora que la firma calificadora Standard and Poor’s asegura que independientemente de los resultados electorales es poco probable que los mercados se vean afectados, la verdad es que no habría muchas razones para pensar lo contrario.

De entrada, hay una extraordinaria civilidad política de los contendientes, incluido el candidato derrotado de la izquierda, quien ha mostrado una enorme madurez en su comportamiento político.

El presidente Calderón prometió respetar cabalmente los resultados electorales y pronunciarse tan pronto como le fuera posible sobre el ganador.

La candidata del partido en el gobierno usa herramientas políticas de confrontación, nunca de descalificación o ataque en contra de sus oponentes.

Y el abanderado priísta lleva una cómoda ventaja en las encuestas que lo tiene en el terreno de la total prudencia política. No se pelea, pero tampoco se compromete con los temas importantes. Simplemente flota con su 50% de preferencias hasta el día de las elecciones.

Hoy, el manejo económico tiene que ser prudente por mandato de las leyes. Hay una legislación de responsabilidad fiscal que impide abusos en el gasto, hay un banco central autónomo que le puede poner un alto a la tentación de imprimir billetes, hay acuerdos internacionales que se tienen que respetar.

Y si bien es cierto que ese tipo de bases institucionales existían en países como Venezuela o Argentina y que los gobernantes borraron todo de un plumazo, no sea que por acá haya algún posible ganador con deseos de acabar con lo que este país ha construido.

Los candidatos han dejado ver algunas pinceladas de un populismo que ha estado ausente durante las últimas décadas, pero no hay garantía de que no puedan darse algunos golpes políticos espectaculares de alto costo financiero, pero nada que en apariencia pudiera poner en peligro los fundamentales de las finanzas públicas.

Es cierto que hay una amenaza del crimen organizado sobre las autoridades y sobre la sociedad. Es verdad que esa inseguridad ha costado caro y puede impactar este proceso electoral en curso, pero el blindaje financiero parece ser bastante resistente.

Así que, es un hecho, la estabilidad financiera está asegurada independientemente del resultado electoral.

Lo que no es del todo claro es cuál puede ser el desempeño económico de México en los años por venir.