Gerardo Esquivel fue anunciado como la propuesta del presidente electo López Obrador para ocupar una de las vicegobernaturas del Banco de México. Su nominación es una buena noticia para la institución. Su visión permitirá ampliar las perspectivas y los puntos de vista de quienes determinan la política monetaria y comparten la responsabilidad financiera y cambiaria del país. También de una institución cuyas opiniones y estudios tienen un enorme peso en la toma de decisiones de política económica en otros ámbitos.

Por ejemplo, la posición del Banxico en contra del salario mínimo, que defendía la idea de que el incremento del mínimo tendría un efecto faro que generaría incrementos inflacionarios mayúsculos, fue un factor que rompió el consenso que ya se había alcanzado para retomar ese instrumento como mecanismo de regulación salarial. Ahora, la preocupación por los efectos en términos de distribución del ingreso y desigualdad en general serán parte de las consideraciones en las discusiones de las decisiones que debe tomar el banco central y en sus líneas de investigación.

La estabilidad cambiaria, la del sistema financiero y el control de la inflación son objetivos del banco central, que deben alcanzarse sin afectar el crecimiento económico o propiciar la concentración del ingreso. Es verdad que la estabilidad de largo plazo genera crecimiento, pero también los es que se ha cuestionado si decisiones del banco central, como mantener el tipo de cambio sobre valuado durante la primera década del siglo o subir las tasas de interés antes que la mayoría de las economías, cuando no era claro el fin de la reciente crisis global, le costaron al país varios puntos de crecimiento económico.

Se dice que la cercanía de Esquivel con el presidente podría ser un problema. Sin embargo, es el mismo caso de todos los gobernadores que han dirigido el banco central autónomo, que fueron empleados directos del presidente en el momento de su nominación. Es el caso también de la mayoría de los vicegobernadores. En realidad, lo que hemos visto en las últimas décadas es una gran coordinación entre el Banxico y el gobierno. La mejor muestra de ello es la interpretación que se hizo con respecto a cómo transferir los remanentes de operación del Banco de México al presupuesto federal, que le permitió generar decenas de miles de millones de pesos de ingresos públicos, lo que permitió atenuar el déficit en el que incurrió el gobierno durante la administración de Peña Nieto. Es decir, lo que hemos visto en la exitosa historia reciente del Banxico es una estrecha colaboración con el Ejecutivo federal. Eso tendría que mantenerse.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.