Diecisiete días bastaron para que un mundo azorado por la pandemia sintiera un respiro y volviera a sonreír. Durante diecisiete días, los ojos del mundo estuvieron en Japón, en unos juegos olímpicos que afortunadamente sucedieron para recordarnos lo que tanto necesitamos (RE)afirmar: que todos somos uno.

Aunque sólo faltan 3 años para la próxima celebración olímpica en París 2024, vale la pena que la antorcha se mantenga encendida en cada uno de nosotros. Este mundo cada día necesita más luz, calor, solidaridad, empatía y mucho amor. 

Porque no sólo no ha terminado la pandemia. Los retos y los riesgos se multiplican por hora y la incertidumbre parece no tener fin. El informe más reciente del clima de Naciones Unidas no descarta por primera vez llegar a un punto de inflexión pues el calentamiento global es más rápido y grave de lo pensado. Como este, la lista de desafíos es enorme y creciente. 

Contra la evidencia no se requieren debates ideológicos sino acciones contundentes. La disrupción nos obliga a vernos con ojos nuevos y a ver el mundo desde otra perspectiva. Es momento de echar a volar la imaginación para aspirar a constuir una realidad que nos ofrezca viabilidad a todos.

Muchos pensarán que afirmar esto es utópico pero estoy convencido que nunca hemos estado más cerca de lograrlo. La pandemia llegó para abrirnos los ojos a todos, lo que sea que esto signifique para cada quién. Ojalá no sólo abramos los ojos pero también el corazón. 

Por eso necesitábamos Tokio 2020 en pleno 2021, para (RE)afirmar que somos capaces de todo, especialmente cuando vamos juntos. El espíritu olímpico nos sensibiliza y nos recuerda que habitamos la misma casa, que lo que nos une es mucho más fuerte que lo que creemos que nos divide y que no existen límites más que los que permitimos en nuestra mente.

El triunfo de los medallistas es de todos. El sudor y las lágrimas de los atletas nos recuerdan que estamos vivos, que el cuerpo es capaz de lograr mucho pero el espíritu es capaz de lograrlo todo. Sabernos parte de algo mucho más grande es una oportunidad para (RE)valorar quiénes somos y lo mucho que podemos lograr pues cuando caminamos juntos somos más fuertes. 

Gracias a los atletas que, con su entrega total en cada disciplina y deporte, nos recordaron que el futuro no está definido porque nosotros forjamos nuestro propio destino con base en el esfuerzo, el sacrificio, la disciplina, el amor, la perseverancia y la fuerza del espíritu que se sobrepone a cualquier cansancio o quebranto humano.

El espíritu olímpico es la energía que necesitábamos en este momento para recordar que este pequeño mundo tiene todo el talento y millones de corazones nobles para (RE)nacer y (RE)surgir después de esta pandemia. No somos tan distintos como nos han hecho creer o como la hemos comprado. Lo que nos une es mucho más fuerte que nuestros propios miedos y prejuicios.

Abramos bien los ojos para dejar que la vida nos sorprenda. Que la llama del espíritu olímpico que nos atrapó y nos conmovió en Tokio 2020-2021 no se apague dentro de nosotros ni entre nosotros. Porque todos somos uno y uno es todo.

*El autor es Presidente Fundador del Instituto de Pensamiento Estratégico Ágora A.C. (IPEA). Primer Think Tank de jóvenes mexicanos y de Un millón de jóvenes por México.

aregil@ipea.institute

Twitter: @armando_regil