El rol del gobierno debería ser promover el desarrollo económico y social del estado. Que así como incrementa la riqueza del país la distribución de la misma sea cada vez más justa. Así el estado debería atender aquellas áreas donde se puedan encontrar falencias si se permite que la mano invisible de Smith o sólo el sector privado fueran los únicos responsables.

La historia nos ha enseñado que la ausencia de algún tipo de control (léase gobierno) ha sido protagonista de algunos importantes fracasos o al menos generador de grandes desigualdades. Asimismo, un excesivo control por parte del estado nos rememora a los distintos sistemas autoritarios fallidos del siglo XX. Ante este escenario, la lógica dicta que ni muy lejos pero definitivamente ni tan cerca. La función del estado debería ser corregir aquellos fallos que no ha logrado cubrir el sector privado.

Es por esta razón que existen planes de asistencia social, servicios públicos y hasta educación gratuita, pues el estado tiene que asegurar que todo el país se encuentre progresando. Sobre todo en un mundo donde la digitalización parece imponerse en todos los aspectos de nuestra vida.

El mundo de la política no queda exime de la incremental importancia que han cobrado los tecnologías de información y comunicaciones (TIC), por lo que es cada vez más común tropezarse con un plan de acción gubernamental que incorpora como parte neurálgica del desarrollo a la industria de telecomunicaciones. Palabras y frases como conectividad, banda ancha o Internet se han convertido en vernáculo mínimo de proyectos que apunten a mejorar la adopción de nuevas tecnologías.

Es bajo este contexto que puede darse el caso de que llegue una administración a la presidencia de un país que esté tan desesperada en dejar un legado binario que no se le ocurra mejor idea que abolir los esfuerzos que ya se han ido implementando. En su lugar se crea una nueva entidad jurídica que asume prácticamente los mismos objetivos que entidades creadas en gobiernos anteriores y que por medio de su desfinanciamiento son dejadas a su suerte.

Aparentemente dejar un legado que histriónicamente se presume por todos lados como algo inexistente que será de beneficio a todos los ciudadanos del país es más importante que tomar antiguos entes que ya habían definido una estrategia y habían comenzado a implementarla. Lo lógico era reforzarlos y ver cómo modernizar su alcance para que los beneficios de su obra pudieran ser disfrutados por todos.

Un ejemplo de lo anterior parece ser el ya tan mencionado CFE Internet para Todos, que surge como promesa de salvación para quienes añoran incorporarse al mundo de las conexiones digitales. El proyecto se concibe como el eslabón perdido que llevaría a México a la modernidad.

Sin embargo, cuando llega el momento de la verdad y se comienza a leer el alcance de este proyecto lo que se puede sentir es un sentimiento de burla. Se crea un espejismo de telecomunicaciones que reúne todas las condiciones para convertirse en un elefante blanco y dejar de existir el mismo momento en el que el subsidio gubernamental deje de fluir.

Estamos hablando de un ente que tiene como función principal ofrecer servicios minoristas sin contar con activos habilitados para este fin, por lo que tendría que construirlos desde cero, que seguramente no puede ofrecer servicios en donde exista ya presencia de otros operadores limitando su alcance a menos de 8% (siendo dadivosos) de la población de México y que debido a las promesas que debe cumplir se reconoce como que nunca será autosuficiente.

Este elefante blanco digital comete muchos errores, los dos principales son, en primer lugar, reducir la evolución hacia la transformación digital al simple acceso a Internet y, en segundo lugar, ser engendrado como proyecto de propaganda populista y no con fines de corregir las fallas del mercado. Para ese fin teníamos a un México Conectado que no sabemos si está en purgatorio o en el séptimo nivel del infierno de Dante.

* José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC.

José F. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.