Los griegos viven en un espejismo.

Si alguna factura habremos de pagar en los mercados financieros por la situación que vive Grecia, al menos no deberíamos desaprovechar la oportunidad de aprender de la experiencia.

Una mayoría de griegos que respaldaron la opción radical de Syriza se mantiene embelesada por el discurso salvador en plena crisis financiera.

De entrada, nadie pierde de vista que a ese país mediterráneo nadie lo obligó a endeudarse de tal manera, fue decisión soberana abandonar la disciplina fiscal para aparentar lo que no eran, por ejemplo con la organización de los Juegos Olímpicos del 2004.

La bomba estalló en plena recesión mundial, cuando los flujos para cubrir sus obligaciones financieras dejaron de alcanzar y aceptaron la realidad de estar cerca de la quiebra. El gobierno de Atenas tuvo dos caminos, dejar de pagar y hundirse en el mundo negro de la suspensión de pagos y la crisis permanente o bien renegociar, reestructurar y aceptar la factura del daño económico autoinfringido.

Lo que siempre ha estado claro es que las únicas víctimas de esta crisis, o de la situación de España, de Venezuela o del México de los 90, son los ciudadanos. Son los últimos en gozar de un espejismo de bienestar económico y son los primeros en pagar las facturas del desempleo, la pérdida de poder adquisitivo y otras tantas calamidades de difícil solución.

Es un caldo de cultivo perfecto para que lleguen las opciones mesiánicas a plantear soluciones mágicas: no más austeridad, no más órdenes desde el extranjero, no más pago a los acreedores sin una renegociación a modo. En fin, un discurso nada desconocido para nuestros propios iluminados tropicales.

Si usted tuviera una cuenta de ahorros en algún banco griego y estuviera consciente de la posibilidad de que el gobierno de ese país suspenda los pagos de su deuda, esto implicará que el banco donde tiene su dinero deje de cobrar y corra el peligro de quebrar.

Si la amenaza es que podrían incluso abandonar la zona de la moneda única y su dinero evidentemente lo tiene en euros, lo que haría es correr a sacar hasta el último dinero, tomar un tren a Francia para abrir otra cuenta o bien guardarlo debajo del colchón.

Lo que prepara el discurso radical de Alexis Tsipras, primer ministro griego, es una corrida bancaria enorme que puede ser contrarrestada con alguna especie de corralito, al estilo argentino, que limite a los ahorradores disponer de su dinero. Después, el caos.

La ruta de choque elegida por el gobierno griego habrá de provocar un problema financiero global, con repercusiones económicas para el bloque económico europeo no muy claras y de paso el radicalismo griego logrará cumplir aquella máxima de que nadie sabe para quién trabaja, porque el único fortalecido será Alemania.

Dan la oportunidad a Angela Merkel de gritar un se los dije e imponer todos esos controles estrictos de corte teutón que han intentado por muchos años.

El gobierno radical griego grita consignas como si se tratara de un discurso en un mitin en la plaza pública, lo que encanta y enciende a sus seguidores, pero olvida que un gobernante tiene obligaciones.

Sin duda Grecia tiene que estar apuntado como uno de los focos rojos mundiales más intensos en estos momentos.