Con una óptica utilitaria, se dice que la biodiversidad debe aprovecharse o explotarse para financiar su conservación; que es buen negocio, y que la conservación sólo puede ser contingente a algún tipo de monetización. Todo ello se asocia ideológicamente, en muchas ocasiones, a la intermediación productiva de idílicas arcadias o comunidades indígenas. Reconociendo que existen casos de un binomio condicionado aprovechamiento–conservación, la verdad es que son escasas las condiciones en que la biodiversidad genera beneficios económicos a los propietarios de la tierra en forma de bienes privados, suficientes para ello. Sobresalen casos como las explotaciones sostenibles y rentables de cierto tipo de bosques, las actividades cinegéticas o (en el mar) de buceo bien reguladas, y el turismo ecológico, entre otros.

También entran en esta lógica esfuerzos por legitimar la conservación sólo a partir de los beneficios reales o imaginados que la biodiversidad representa para las sociedades humanas. “Debemos conservar la biodiversidad porque nos beneficia de algún modo”. Aparte de los servicios ambientales que prestan los ecosistemas, y sin descartar posibles efectos a través de complejas interacciones ecológicas, la verdad es que la extinción, por ejemplo, del quetzal, del tapir, del lobo mexicano, del jaguar, o del perrito de las praderas, no representa para casi nadie un costo tangible. Seamos realistas y sinceros, nadie sufrió consecuencias objetivas por el exterminio y desaparición del oso grizzly y del carpintero imperial en el noroeste de México, o de la foca monje del caribe durante la década de los 50 del siglo XX.

Debe advertirse que, en la mayor parte de los casos, la biodiversidad y el paisaje generan valores que no son apropiables privadamente; se trata de bienes públicos que no ofrecen valores de uso directo, sino valores indirectos y de opción, o valores intrínsecos, patrimoniales o existenciales de tipo moral, ético, estético o cultural. Pensemos en la mayor parte de las selvas tropicales, una gran proporción de los bosques, los desiertos, humedales, y muchos otros biomas, y por supuesto en la miríada de especies vegetales y animales que los pueblan e integran. Pensemos igualmente en los grandes cetáceos marinos, o en los grandes y carismáticos tiburones y mantas gigantes. Por un lado, apostarle al aprovechamiento utilitario de la biodiversidad en términos de recursos naturales apropiables privadamente es una estrategia muy limitada y pobre, en el mejor de los escenarios, y probablemente una autoderrota. Lo mismo, intentar atraer simpatías o la movilización de voluntades hacia la conservación de la biodiversidad con argumentos también utilitarios basados en valores de uso o beneficios directos para poblaciones humanas.

La biodiversidad en la tierra es resultado de miles de millones de años de evolución de la vida en el planeta, en sí misma es la más grande e imaginable maravilla en la que ha culminado el devenir del universo en una composición de belleza sobrecogedora. La integran innumerables seres vivos, muchos de ellos de inteligencia notable, con los cuales compartimos el planeta, y quienes merecen toda nuestra solidaridad, admiración, cuidado, curiosidad, fraternidad y responsabilidad. Su conservación es un imperativo moral, científico y estético; es un verdadero horizonte de trascendencia para la especie humana. Es el bien público definitivo, y sobre esa visión debe fincarse la conservación de la biodiversidad, más allá del simple e innoble utilitarismo.

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Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.