Cuando escuchamos que a países como Grecia no les quedará más remedio que reestructurar su deuda, es imposible no sentir una especie de escalofrío por saber las consecuencias de tener que enfrentar la ira de los acreedores.

Hay grandes diferencias entre el México de los años 80 y el país helénico de la primera década de este siglo. Lo cierto es que los dos países confiaron su suerte en algo que estaba fuera de su competencia controlar.

El gobierno mexicano se entregó al petróleo con la esperanza de administrar la abundancia y los griegos se dejaron caer en los brazos del euro como si se tratara del infalible procurador de equilibrio entre el tercer mundo europeo y los alemanes.

A pesar de que la reestructuración de la deuda mexicana se dio desde finales de la década de los 80 y a pesar de que están totalmente cancelados aquellos bonos Brady de recomposición financiera, quedan en el ánimo sentimientos encontrados sobre aquel episodio de nuestra historia.

Hay un enorme rencor en muchos sectores sociales en contra de los tecnócratas que entregaron al país a los intereses del FMI y el Banco Mundial. Nadie se quiere acordar que fueron los populistas Luis Echeverría y José López Portillo los que llevaron al país al borde de la quiebra con su gasto majadero.

El Plan Brady de finales de los 90 le permitió al país salir de un problema de deuda que amenazaba hasta la integridad nacional.

La factura social fue muy alta: severos planes de austeridad en el gasto y un acelerado proceso de privatización de las entidades públicas.

Esos cambios dolorosos han rendido frutos con los años; desafortunadamente, se atoraron al momento de renunciar como país a la siguiente etapa de corrección.

México hizo lo más difícil limpiando las descuidadas finanzas públicas, pero no diseñó los instrumentos legales para poder crecer.

Quizá por el trauma social que implicó el ajuste, muchos grupos encontraron en la oposición a estas medidas un modus vivendi muy redituable que hasta la fecha les entrega enormes dividendos.

Los que viven de gritar en las plazas públicas han arengado lo mismo desde los años 90. No proponen nada inteligente a cambio, pero viven de la victimización.

No ha habido hasta la fecha un cambio en la estructura del país para hacerlo más competitivo y en eso estamos atorados.

Hoy los griegos van a un proceso de reestructura que mucho nos recuerda los días de los funcionarios mexicanos que iban a Washington a ser regañados y a dar la pelea por sus intereses.

Actualmente Grecia es amenazada por los acreedores, por sus rescatadores y por cualquiera que tenga ganas de sumarse a la cargada de apuntar el dedo culposo a un país que sin duda se equivocó en sus estrategias.

Tal parece que a Grecia ya no le queda más remedio que acercarse a sus acreedores a plantear una renegociación de su deuda. Una que supera los 330,000 millones de euros.

Y es precisamente esta divisa la que marca la mayor dificultad para los griegos. El estar atados a una moneda les impide llevar a cabo una estrategia que, para fines macroeconómicos, le funcionó muy bien a México: la devaluación.

Dejar de pagar deudas respaldadas en la moneda única europea es tanto como abrir la caja de Pandora en otras naciones de la región, sobre todo aquellas en condiciones económicas similares.

Los europeos deben cuidarse de los europeos y eso será muy costoso. Deberán inventar alguna especie de tregua del euro para el país helénico a la par que le obligan a privatizar activos, entrar en una profunda austeridad, con la promesa de ayudarlo a salir después de su crisis interna.

El México disciplinado de principios de los 90 recibió como recompensa un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

Cuando un país en crisis está lejos de ofrecer dificultades a las naciones más desarrolladas, vemos historias como las de muchos países africanos abandonados a su suerte. Pero cuando están en el patio trasero o comparten los mismos billetes y monedas, la cosa cambia.

No es muy difícil entender por lo que están pasando los griegos, sobre todo porque allá también han tenido a sus Echeverrías y López Portillos.

Allá también soñaron con un primer mundo que ahora les parece lejano y con una factura costosa por el intento.