Nuestro principal socio comercial y aliado no sólo nos da la espalda, nos agrede y traiciona. Nos abofetea una y otra vez (Ford, Carrier, FCA, GM, migrantes). Ofrecer la otra mejilla no va a saciar al demagogo, quien busca aplastarnos movido por prejuicios, odio y oportunismo. La docilidad y la resignación, o la esperanza de apaciguarlo son cobardes e ingenuas; es claudicación indigna y obtusa. Cambió de manera radical nuestra matriz de relación bilateral con los Estados Unidos. Hay que entenderlo y actuar en consecuencia, y prepararnos para una guerra comercial. En una guerra se requiere estrategia, parque y aliados. Acopiemos parque, busquemos aliados y definamos una estrategia. Y hagamos ver al adversario los costos de la confrontación.

Primero, tomar el guante de la renegociación del TLCAN. En qué y cómo. En comercio electrónico, no previsto en 1994, perfecto. Si repudian el Tratado, ellos tienen mucho que perder. Dentro de las reglas de la OMC, recibiríamos tratamiento de Nación Más Favorecida, con un arancel de 2% para automóviles y electrónicos, por ejemplo, nada catastrófico. Su amenaza de arancel de 35% a importaciones automotrices de México es ilegal y jurídica y políticamente insostenible. De acuerdo con las reglas de la OMC, México puede imponer un arancel de 70% a las importaciones de autopartes de los Estados Unidos, lo cual encarecería nuestras exportaciones, pero sería un disuasivo punzante para ellos. También, sería factible un arancel de 8.5% a importaciones de vehículos. Se destruiría la competitividad de América del Norte en el sector automotriz; suicida, pero podemos no aplicarlos.

En agricultura, también de acuerdo con la OMC, México puede imponer severos aranceles a las importaciones del vecino del norte (entre 20 y 30%) en el caso de la abrogación del TLCAN. Estados enteros como Wisconsin, Utah y California sufrirían un colapso, ya que dependen de exportar lácteos, papas y otros productos a México. Y al revés, los aranceles que pueden introducir los Estados Unidos a importaciones de México son poco significativos. México remplazaría en todo caso mercados para sus exportaciones agrícolas, habrá ávidos consumidores, como Japón, China, Rusia y Europa. Y existen muchos productores agrícolas capaces de sustituir las importaciones actuales desde Estados Unidos: Argentina, Nueva Zelanda, Australia, Brasil, Ucrania.

En petróleo y petrolíferos existe un mercado global casi perfectamente integrado; no serían problema. Y hay otras cartas que jugar. Una, nuestra posición geoestratégica frente a Estados Unidos, con quien compartimos una frontera terrestre de más de 3,000 kilómetros, y fronteras marítimas también considerables. China estaría ansiosa de contar con un aliado semejante, que además es la treceava economía del mundo; Rusia también. Otra es la emigración de Centroamérica a Estados Unidos. En una atmósfera de confrontación, no tenemos por qué seguir resguardando las fronteras del país vecino. Tampoco conteniendo a traficantes de droga. En estos temas, podemos ser a Estados Unidos lo que Turquía es a Europa.

Por lo demás, la ruta a seguir es casi obvia: 1) Cambiemos el tablero, buscando un acuerdo estratégico con China en materia comercial y de inversiones; también con Rusia. 2) Aprovechemos a fondo el Tratado de Libre Comercio con Europa. 3) Involucrémonos y aceleremos la puesta en marcha de la Alianza Trans Pacífico. 4) Ahondemos la integración con Brasil, Argentina y la Alianza del Pacífico con Perú, Chile y Colombia. 5) Reconstruyamos y re-desarrollemos el mercado interno empezando con un alza considerable en los salarios mínimos y diseñemos una verdadera política industrial. 6) Emprendamos una audaz campaña de cabildeo con aliados naturales en Estados Unidos, como productores de autopartes, automotrices, y agricultores. Y, 7) bajemos el ISR a las empresas y sustituyamos esa recaudación con el impuesto a las gasolinas.