Opinión

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En vísperas del referéndum británico

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Por Miguel Jiménez González – Anleo*

Aunque todos los referéndums tienen un componente emocional elevado, no podemos quejarnos de la falta de análisis rigurosos y de debate público que ha generado el referéndum sobre el Brexit. A pocos días del jueves 23, sólo queda sacar conclusiones finales y esperar el resultado.

Tras los vaivenes recientes en las encuestas, la incertidumbre va a ser muy alta hasta el final. Por un lado, se espera una participación mayor que en otras votaciones y, para los expertos, resulta muy difícil adivinar cuál será la dirección de voto de los abstencionistas habituales, por falta de referencias.

Además, al clásico viraje final hacia la posición más conservadora (en este caso, la permanencia en la Unión Europea) se puede añadir el efecto del asesinato de la diputada laborista Jo Cox, ferviente defensora de la permanencia, lo que compensaría el movimiento de intención de voto hacia el Brexit de la semana pasada.

Curiosamente, la división casi matemática en las predicciones de voto contrasta con el consenso en casi la totalidad de los estudios serios sobre las consecuencias económicas del Brexit a largo plazo en el Reino Unido, que apuntan a un importante impacto negativo, a través sobre todo, de un comercio menor con la Unión Europea (UE), flujos de inversión más desfavorables hacia el Reino Unido y posiblemente, una menor inmigración que, no lo olvidemos, ha sido una fuente de riqueza para el país en los últimos años, a pesar de ser uno de los asuntos que están empujando hoy más la salida. El rango del impacto estimado sobre el nivel del Producto Interno Bruto (PIB) está entre 2 y 8%, hacia el 2030. Es elevado, pero no dramático.

Aún con un nivel del PIB de 10 puntos por debajo del que se podría dar si se mantuviese el statu quo, el crecimiento acumulado en el Reino Unido en todo ese periodo seguiría siendo superior al de la zona euro, que se encuentra con una situación de partida peor en términos de crecimiento potencial.

De ganar el voto a favor de la salida, la incertidumbre sobre lo que ocurrirá a continuación es muy elevada sobre muchas variables: cómo será la gestión de las negociaciones del previsible nuevo gobierno (con retos muy difíciles y donde las posibilidades para equivocarse son elevadas), qué tipo de acuerdo buscará, cómo responderá un parlamento que es mayoritariamente europeísta, cuál será la estrategia negociadora del resto de socios europeos (motivados por limitar daños, pero también por evitar un precedente para otros países), etcétera.

Además, la incertidumbre que generarían éstos y otros factores en el corto plazo afectaría negativamente a la confianza económica y a los mercados, aunque la magnitud y persistencia de este efecto es difícil de determinar. Una depreciación adicional de la libra es muy probable, al tener en cuenta que el Reino Unido tiene un déficit externo relativamente elevado. Adicionalmente, es de esperar un movimiento hacia activos de refugio y hacia el dólar, un aumento de las volatilidades y un cierto efecto de contagio al resto de Europa.

En principio, no hay motivos fundamentales para un contagio persistente, más allá de la primera reacción: un Brexit no va a producir una recesión profunda en el Reino Unido, ni va a producir impagos masivos, ni va a llevar a la ruptura de la UE. Pero, aun así, las dinámicas de los mercados a través de profecías autocumplidas son un riesgo difícil de calibrar.

Por último, el efecto político que tendría un Brexit sobre el resto de Europa debería ser acotado. Aunque los populismos antieuropeos se han extendido recientemente, es difícil que sobrepasen un cierto máximo en países grandes y no es de esperar que las demandas de excepciones a determinadas políticas europeas o incluso de salida de la EU afecten a países de la zona euro, aunque quizás sí a otros países de Europa central o a países nórdicos. Es posible además que un Brexit lleve a una reacción hacia una mayor integración por parte de Francia y Alemania, probablemente en temas poco polémicos en el corto plazo y en asuntos más de fondo tras las elecciones en ambos países, en el 2017.

Pero sería mejor que todos estos problemas no aparecieran a partir del día 27 y que las especulaciones europeas se pudiesen limitar solamente al resultado de la Eurocopa.

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