Las circunstancias del próximo primer debate entre candidatos presidenciales tienen un matiz diferente a los de elecciones pasadas. El tema que sin duda marca el contexto es el hartazgo generalizado con la corrupción rampante del presente gobierno. Si revisamos las encuestas serias, todas ellas indican que la proporción de indecisos que no han definido su voto es entre 25 y 30 por ciento. Por otro lado, investigaciones sobre el comportamiento de los votantes señalan que aquellos que ya han definido su voto a estas alturas difícilmente lo cambiarán, a pesar de errores o un mal desempeño en el debate de su candidato. Las encuestas también muestran que hay un grueso de los encuestados que mencionan por quién nunca votarían. Si sólo consideramos a los tres candidatos de partidos, esto significa que los que dicen que nunca votarían por un candidato están indecisos entre darle su voto a uno de los otros dos.

Lo anterior significa que el mercado de votantes que interesa a los candidatos en el debate es el de los indecisos. Son éstos a quienes quieren convencer para obtener su voto. De ahí que podemos  pensar en las estrategias que seguirían los candidatos para el debate, cuya temática es “Política y Gobierno”. Como ha señalado el INE, ello permite que los candidatos podrán ser cuestionados sobre el combate a la corrupción e impunidad; seguridad pública y violencia; democracia, pluralismo y derechos de grupos en situación de vulnerabilidad.

Con el tema de la corrupción, Meade es quien la tiene más complicada. Podría superar esos embates con deslindarse de manera contundente del actual gobierno, algo que se ve poco probable. Pero tiene temas que explicar: ¿cómo es que siendo canciller no se percató del pago millonario a la fundación de Vázquez Mota? ¿Cómo no se dio cuenta de la estafa maestra? ¿No supo de los fraudes de los Duarte? ¿No se enteró de los desvíos de Robles en Sedesol? ¿Por qué impuso por encima de la ley a una vicepresidente del Inegi?

A Anaya, sus contrincantes lo querrán exhibir como un lavador de dinero. Si es así, se esperarían pruebas contundentes, que hasta ahora no ha habido. A López Obrador le deberían preguntar qué se siente vivir del presupuesto federal por tantos años. Por ser el puntero, adoptaría una postura defensiva, pero los demás tratarían de sacarlo de sus casillas. En eso ayudará el Bronco, pues con el beneplácito del PRI su rol en el debate será el de golpear al candidato de Morena.

La moneda está en el aire y la experiencia muestra que precisamente por el papel de los indecisos, un debate puede cambiar las tendencias. Ello podría propiciar fuertes ajustes al interior de los equipos de los candidatos y en su estrategia discursiva.

Una posibilidad es que después de este debate la carrera se defina entre dos candidatos. Pero de igual forma, no veríamos un cambio importante, pues muchos esperarían hasta el último momento para definir un voto útil o estratégico. Como dije, la moneda está en el aire y todavía pueden suceder muchos cambios.