En plenas fiestas decembrinas, es inevitable asociar comilonas y reuniones sociales al término del año o de las fiestas de Navidad. Pero, ¿de dónde viene la costumbre de comer en estas fiestas? ¿Por qué comemos lo que comemos? ¿Qué hay detrás de la comida de Navidad?

Debemos recordar que el festejo de la Navidad no fue un festejo presente en los rituales de los cristianos de los tres primeros siglos. Fue hasta que Constantino, el primer emperador en convertirse al cristianismo, fijó el 25 de diciembre del año 336 como el día del nacimiento de Jesucristo, para hacerlo coincidir con los misterios paganos del culto al Sol y poder convertir a un mayor número de personas al cristianismo. Es hasta el siglo VIII en que la Navidad empieza a festejarse aun más, y en Europa todavía hasta el siglo XVIII era prácticamente una fiesta considerada para las familias aristócratas.

El pavo de la cena de la Navidad es originario de estas tierras y fueron los españoles quienes lo llevaron a Europa como uno de los manjares exóticos y europeos originarios de América. Allá, el pavo fue pronto erigiéndose como el platillo de celebración y fiesta, primero sirviéndose en banquetes en casamientos de reyes y, posteriormente, en las celebraciones burguesas de las navidades, principalmente por una cuestión de elevación del gusto: al ser considerado un animal exótico, era más apreciado en cuestión de valor, y algunos otros historiadores argumentan que sustituyó a la carne de pollo y gallina, que se comía en esas mismas fiestas por su tamaño y por la posibilidad de ser compartido desde un mismo plato, cosa que fue masificada con el éxito del Cuento de Navidad de Charles Dickens.

La cena de Navidad si bien hoy en día mantiene sus variantes en el menú, dependiendo de la costumbre de cada familia u hogar en diferentes latitudes del planeta, es una de las tradiciones que ha sobrevivido el paso del tiempo, en principio, porque ha trascendido el cristianismo para forjarse como una de las fiestas que proclaman los valores familiares y de solidaridad que son universales. Incluso, algunos musulmanes, judíos y agnósticos, en todas partes del mundo celebran hoy también la Navidad: es la cena de la Navidad la que reúne a las personas que raramente en el año se ven, la que predispone a las personas en un ambiente un poco más conciliatorio o de tregua (aunque evidentemente no resuelva todos los conflictos). En estudios sobre el gasto en regalos navideños para los pequeños se observa, por ejemplo, que éste se mantiene más o menos estable a pesar de las crisis económicas, algo que algunos economistas han tipificado como gastos de purga o gastos necesarios , en el sentido de que simbolizan para las personas una acción que oculta o remueve los signos de crisis indeseada.

En el caso de las comidas de Navidad, posadas y demás celebraciones decembrinas, podremos atrevernos a decir que son consumos necesarios en el sentido de que el compartir estos alimentos no sólo dan sentido a nuestra tradición por lo que se come, sino por el vínculo social que se preserva al compartir una comida. En ese momento de celebración, las personas buscamos volver a los valores fundamentales por los que podemos vivir en comunidad, como por ejemplo, la solidaridad. Cualquiera que sea nuestro credo, estos valores fundamentales son sin duda ejercitados cuando comemos en celebración.

Y resulta paradójico pensar que es precisamente cuando más conscientes estamos de estos placeres, que es cuando menos se echa mano de los excesos de comida o bebida, por estar precisamente disfrutando de la comida en compañía de los que queremos. Así, el tránsito por el Lupe – Reyes, en lugar de maratón de alto rendimiento, se vuelve un paseo de relajado senderismo.

¡Felices fiestas!

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