En solidaridad con la academia

Los ataques a los fideicomisos para ciencia, tecnología o cine y el reciente anuncio de que Conacyt  dejará de cubrir los estímulos de integrantes del SNI que trabajan en universidades privadas, son síntomas de un mal más profundo que la austeridad a ultranza. Denotan un afán de control de las instituciones de educación superior, cuyo fin es promover el pensamiento crítico y formar a profesionistas y especialistas; también reflejan una creciente tendencia anti-intelectual, ya manifiesta en el discurso presidencial que erige la lealtad por encima de la experiencia o una supuesta “justicia” por encima del derecho.

Las constantes descalificaciones de quienes critican el actuar gubernamental, la denostación de ONG´s que durante años colaboraron con el gobierno o suplieron sus deficiencias en relación con mujeres, comunidades indígenas o derechos humanos, entre otras, han contribuido a configurar a especialistas y activistas como parte de un ente fantástico, hambriento de dinero y privilegios, que sólo merece desprecio social.

No es de extrañar entonces que el reciente embate contra los fideicomisos destinados a la investigación científica haya ido acompañado de una representación de la academia como un grupo de personas perezosas y corruptas, que viven “demasiado bien”. Descalificar a todo un conjunto de grupos diversos que no sólo forman y educan a las futuras generaciones sino dedican años a proyectos de largo alcance para contribuir a la comprensión y solución de problemas nacionales, desde la violencia y la migración hasta el cambio climático y la salud, por sólo mencionar algunos, es irresponsable y dañino para la academia y para la sociedad. ¿Qué mensaje se envía a las jóvenes que aspiran a dedicarse a la ciencia? ¿Cómo promover el amor al estudio y a la investigación, al descubrimiento y a la creación si especialistas y creadores se configuran como fantoches prescindibles?

Integrantes destacadas del Cinvestav, CIDE, UNAM y otras instituciones han expuesto ya sólidas razones para preservar los fideicomisos, que el Senado debe escuchar si pretende actuar como cuerpo representativo de la sociedad y sus intereses. También han cuestionado la arbitraria gestión del Conacyt. Además de defender la investigación y la equidad dentro del SNI, que no puede seguir llamándose “nacional” si el Estado decreta que parte de sus integrantes no merece más que un reconocimiento simbólico, es necesario defender los trabajos de docentes e investigadores que en su mayoría actúan con ética y dedican más tiempo a sus estudiantes y a la investigación de lo que las autoridades parecen creer.

¿Qué hace una profesora-investigadora? Además de preparar y dar clases – a veces cuatro materias o más por semestre-, corrige trabajos, asesora a estudiantes fuera de clase, evalúa tesis, y en su “tiempo libre” hace investigación. También da conferencias, en general sin pago o sólo simbólico; asiste a congresos para intercambiar hallazgos y actualizarse. Si forma parte del SNI debe publicar artículos en revistas arbitradas, participar en cuerpos académicos, hacer dictámenes y evaluaciones para Conacyt, revistas y otras instancias. Si prefiere escribir un libro, tendrá que multiplicar las horas del día porque desde hace tiempo la burocracia determinó otros criterios para ganar puntos, que representan ingresos y prestigio. Si prefiere hacer difusión, tendrá que hacerlo después de asegurar las publicaciones académicas obligadas. Además, tendrá que dedicar varios días a llenar formatos para ser evaluada por el SNI, y su centro de trabajo si éste también lo exige. Lejos estamos de esa imagen de inutilidad y ocio que se desprende del imaginario gubernamental.

La academia tiene problemas, desde luego, forma parte de la sociedad. Hay SNI III acosadores y violentos, no todo mundo es honesto y ético, ha habido desvío de recursos en universidades públicas, hay intereses empresariales en universidades privadas y públicas. Nada de esto justifica, sin embargo, tachar de un plumazo los aportes de miles de personas cuyo trabajo es imprescindible para el país.

@luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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