Borrar la huella, progredi .

G. Ellmann, L’Impensable

El singular es potencia. No poder ni fuerza, sino potencia. Despliegue, velocidad, ligereza, exactitud, resistencia. Eso y más. Vida. Un cuerpo glorioso. Se vuelve sensibilidad en el cuenco materno, supera o rodea amenazas sin fin, sobre todo, la de la primera muerte; se abre a la escucha y a la voz, se mueve y finta al tomar la posición más agradable y cómoda. Enfrenta el dolor. Nace, vive su sobrevida.

Luego, va en las diferencias de su pulsión, de su potencia, pasos en el curso del mundo; su resto, de donde viene restancia, un misterio hecho de cercanía y lejanía consigo mismo y con los otros, hecho de música y ruido, de palabras y silencio, y de algo más, un exceso. Tal es el proceso de inserción del singular en lo simbólico y lo imaginario que culmina en el deseo. Potencia, misterio irreductible, que Freud con una metáfora más que problemática llamó inconsciente.

Desde ahí, el niño hace la experiencia del lugar y el sin-lugar, del cuidado y el descuido, de las órdenes y estímulos que recibe y de la violencia, del lenguaje suave y el ruido. Todo forma parte del misterio y de la incertidumbre.

Desde pequeño vive ese legado aleatorio, su legado. Lo recibe de la vida. Tenacidad o paciencia, atento o distraído, tranquilo o estresado, amigable o envidioso, constructor o destructor, canta o calla. En todo esto trabaja el legado, el legado de la vida.

De ahí lo decisivo de los entornos amables y favorables para el despliegue de la potencia del singular. Un jefe de familia que tiene trabajo, un techo, una escuela que le permita acceder a los juegos de lo simbólico, leer, escribir, formar números, resolver ecuaciones, tocar algún instrumento musical, hacer algún deporte. Lo mismo, entornos estéticos en el barrio y en la ciudad.

El curso del mundo es despiadado porque lo sostienen la violencia y la ambición de dominio. Ahí, la potencia del singular despliega su estrategia, se aleja de la amenaza y sin alardes transita de cargar mundo a crear mundo .

Cada singular, cada vida, una incógnita. ¿Quién soy? , pregunta San Agustín a Dios. Silencio. Los entornos favorables han de responder a esa situación aleatoria e incierta. Ése es uno de los primeros deberes del gobierno.

Según se aprecia cada día, aquí los sermones sobre la moral y los valores no funcionan.