El coronavirus no solo ha obligado a confinarse a gran parte de la sociedad global, sino que cuando más se necesitaba, el mundo se ha encontrado sin nadie al volante de mecanismos como el G7 y el G20. Es decir, los líderes se han encerrado en sus despachos.

No es común observar la agenda del G7 sin que exista calendarizada la próxima reunión. Iba a realizarse este mes en Estados Unidos, pero la advertencia que realizara la canciller Angela Merkel, no fue asimilada de buena forma por el anfitrión del evento, el presidente Donald Trump. La política alemana solo confirmaría su participación en el evento en caso de que fuera de manera remota y no presencial debido a la pandemia. Trump no quiso y la canceló, o en el mejor de los escenarios, la pospuso.

El mandatario estadounidense aplazó para otoño la reunión entre los siete más poderosos del mundo: Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Canadá, Italia y Estados Unidos. Sin embargo, con las elecciones presidenciales en puerta, será difícil reunir a los líderes en plena campaña electoral.

Como preámbulo, el presidente Trump hizo públicos algunos de sus deseos durante la preparación de la cumbre del G7: dijo que el mecanismo está “obsoleto” y es hora de “un G10 o G11”. Quiere sumar a Australia, India y Corea del Sur con la clara intención de incomodar a China. Por otra parte, Trump invitó a China provocando una reacción negativa en el primer ministro de Canadá Justin Trudeau.

El presidente Trump le gusta trabajar con temas de coyuntura. Si bien es cierto que hay malestar en algunos países por el desconocimiento sobre el proceso de evolución del nuevo coronavirus surgido en China, entienden que mecanismos tipo G7 no pueden modificarse únicamente por temas coyunturales.

Desde marzo, la preparación del G7 fue accidentada. La cumbre de ministros de Exteriores fracasó porque Estados Unidos exigió referirse al Covid-19 como el “virus de Wuhan” en el comunicado del evento. Era evidente que el resto de los países se negaran a utilizar palabras radicalmente peyorativas.

Las diferencias entre Trump y Merkel se dejaron ver desde que el estadounidense llegó a la Casa Blanca; se han sumado temas muy polémicos, como los acuerdos del clima (París) y nuclear (Irán), donde las potencias europeas intervinieron con su apoyo para que fueran suscritos por otras naciones.

Fundado en 1973 con la crisis del petróleo, el G7 siempre ha tenido el tema de la salud como una de sus prioridades. El malestar de Trump con la Organización Mundial de la Salud (OMS), no ha sido asimilado de buena manera por las grandes potencias. Un par de años atrás, los miembros del G7 firmaron una carta de intención sobre una reforma de la OMS.

No es casualidad que la ausencia del G7 y G20 ocurra con el aislamiento del presidente Trump.

Sobre el G20, el que fuera ministro de Reino Unido durante la crisis de 2008 comenta: “El G20 está desaparecido, sin un plan para reunirse, virtualmente o de otro modo, en los próximos seis meses. No sólo es una abdicación de responsabilidad, es, potencialmente, una sentencia de muerte para los más pobres del planeta” (The Guardian, 14 de junio).

En una carta dirigida al G20 que es firmada por más de 200 exmandatarios, se pide a los líderes del mecanismo celebrar una cumbre para actuar de manera conjunta frente a las múltiples crisis que ha detonado el nuevo coronavirus. “La pandemia es el tipo de crisis para lo que el G20 fue creado. Lo que se hace o deja de hacer en una parte del mundo tiene implicaciones para el resto” (La Vanguardia, 8 de junio).

Es verdad que para ningún presidente ha resultado fácil gestionar el impacto de la pandemia porque no existía en ningún manual la manera más eficaz para mitigarlo. Sin embargo, también es cierto que ninguno de los miembros de mecanismos internacionales se imaginó que algún presidente de Estados Unidos bracearía a contra corriente de la globalización.

El G7 y G20 se han quedado parados a la mitad del camino, y esto revela la ausencia de líderes capaces de echarse al mundo tras sus espaldas. ¿Seguiremos así cuatro años más?