En su libro del 2013 The Art of Thinking clearly, el escritor suizo Rolf Dobelli hizo un recuento breve, honesto y revelador, de los 99 errores más frecuentes en que incurrimos para no pensar claramente.

Más que un manual de autoayuda personal o empresarial, el libro de Dobelli es una suerte de confesional del que podemos valernos como espejo para reflexionar cuando inadvertidamente caemos en una de esas trampas de raciocinio, en las que, de acuerdo con Dobelli, todos naufragamos más temprano que tarde.

En fechas recientes, me viene a la mente la madre de todas las ideas equivocadas, esa que se ha llamado sesgo de confirmación (confirmation bias), de la que ya he hablado en este espacio. Esa tendencia por demás inevitable en los seres humanos de interpretar cualquier información nueva a través del crisol de nuestras teorías, creencias y convicciones previas.

El sesgo de confirmación está en el centro de la polarización política en México (y de Estados Unidos, en el conflicto entre catalanes y españoles, en el Brexit). Está presente en cada red social donde se pasa de la burla al insulto, pero más aún, en los análisis de expertos, no importa si son intelectuales en un pánel televisivo o expertos de Facebook pontificando a sus agotados amigos sobre su causa de la semana.

El sesgo de confirmación es el que provoca lecturas tan opuestas y encontradas de la misma información aparentemente objetiva: cada debate, spot o declaración de un candidato. Todos vemos lo mismo, pero en realidad vemos lo que ya veíamos.

Nos lleva a agruparnos con quienes ven las cosas como nosotros y, mientras maldecimos entre dientes al de enfrente, nos decimos que somos objetivos, centrados y capaces de ecuanimidad. Que el irrazonable es el otro, por razones muy probablemente censurables, y nuestro análisis es el bueno.

Uno de los únicos remedios, sugiere Dobelli, está en el estudio del método de Charles Darwin. “Desde su juventud, se propuso combatir el sesgo de confirmación sistemáticamente. Cualquier observación que contradecía su teoría, la tomaba muy en serio y la anotaba”. Darwin sabía que el cerebro humano tiende a “olvidar” toda la evidencia que contradice lo que ya pensamos. Entre más convencido estaba de su teoría, más activamente buscaba datos que la contradijeran.

Aclaro que el sesgo de confirmación no es un mal que se presente cada seis años. Está detrás de nuestras creencias del mundo, la vida, la economía y nuestra carrera profesional.

Se cuelga de las cosas que asumimos como ciertas y, entre más vagas son éstas, mejor. Sea creer que los seres humanos son “fundamentalmente buenos”, o que basta la “voluntad política y la honestidad” para desencadenar una cadena que resolverá los peores trances nacionales.

También está en la idea opuesta, la que asume que “todos son corruptos”, que “uno es el equipo que lo rodea”.

Es por ello que nuestros políticos prometen vaguedades, que emiten profecías poco concretas que flotan hasta nuestras creencias vitales, aquellas que piensan que somos el mejor país del mundo y que todo problema tiene solución o que la única manera de sacar adelante el país es a través de abrazar tecnologías o educación, lo que se les ocurra.

Nuestros políticos han abrazado una técnica que tanto economistas como religiosos han utilizado por años. Proferir vaguedades en busca de conectar con nuestras creencias profundas. “En el medio plazo todo se va a arreglar”, “la gente lo que quiere es oportunidades”, “vamos a revivir el campo”, “profesionalizar a la policía”, “subir los salarios”, “plantarle cara a los gringos”, cambiar todo lo que está mal por lo que está bien.

Irónicamente, aunque existe una tendencia mundial donde el descrédito de los políticos y su lenguaje ha puesto a temblar la democracia como institución, las masas de votantes que buscan castigar a uno u a otro, que abrazan sus miedos y prejuicios más profundos para decidir con ellos, siguen cayendo en las manos de su propio sesgo de confirmación y, aunque se acercan a la urna dispuestos a no tener más de lo mismo que rechazan y convencidos de su alternativa, terminan votando por lo mismo de siempre. El político que dice lo que ellos ya creen, el que asegura que las cosas se resolverán como debe ser y todo estará bien.

En internet, visitamos los mismos sitios, los que son espejo de nuestros valores, y caemos en la trampa de los diseñadores de contenido, esas empresas que montan sitios de noticias falsas que igual nutren a uno y otro bando en busca de tráfico y publicidad. Sitios donde nunca hay opiniones divergentes.

El sesgo de confirmación se nutre de esas verdades obvias que flotan en todos nosotros, esas que se vuelven verdades incuestionables: “es honesto”, “es peligroso”, “va arreglarlo todo”, “va a acabar con todo”, “todos ellos son lo mismo y están mal, sólo nosotros somos diferentes”.

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).