En unos días los mexicanos acudiremos a las urnas y las preocupaciones al momento de emitir el voto sin duda son muchas. El efecto de la pandemia en la economía, la corrupción y la inseguridad figuran en los primeros lugares y solo hay que asomarnos a los medios de comunicación y redes sociales para ver que hay muchos “expertos” que creen que podrían hacer mejor el trabajo que cualquier dirigente en turno.

Las iniciativas políticas son importantes porque pueden afectar directamente el bienestar de las personas y es por ello que debemos ser exigentes con los políticos y sus plataformas. Sin embargo, nos hemos vuelto muy condescendientes con ellos y nosotros mismos. Las campañas, en su mayoría, no proponen cosas sustantivas ni discuten los cómo para llevar a cabo proyectos complejos. 

Aceptamos que nuestras leyes sean propuestas y aprobadas, aunque solamente sean promulgadas con el objetivo de demostrar que se cumplió un compromiso. No se verifica que dichas leyes pueden ser cumplidas o que exista el andamiaje para que sean efectivas; seguimos el tipo de mandato que viene desde el virreinato de observar las leyes, pero no cumplirlas.

Aceptamos principios económicos, como la magia del libre mercado, sin poner en duda su efectividad ante problemas como la pobreza extrema, la desigualdad y el daño climático.

Hemos desarrollado una aversión a la comprensión y estudio de los problemas. Las matemáticas y las ciencias parecen cosas tan complicadas que desde pequeños nos da miedo acercarnos a ellas. Sin embargo, creemos que son las tecnologías avanzadas y las ciencias lo que va a resolver nuestros problemas y dejamos que alguien nos lo diga sin hacer ningún esfuerzo de nuestra parte de entender y cuestionar.

Hemos creado ambientes de trabajo donde la creatividad es dirigida a hacer el mínimo esfuerzo o peor aún hacia actividades sin sentido. Aceptamos que nuestros hijos sean educados en un sistema que no los enseña a ser críticos y que no les hace notar sus debilidades por un proteccionismo mal entendido. Hemos introducido en el imaginario nacional el respeto y el deseo de engrandecer la mediocridad.

¿Acaso toda esta forma de actuar colectivamente no podría ser equiparada con la corrupción?, corrupción que no significa robar dinero, sino corrupción que significa dejadez, que no le importe a uno mismo lo que sucede donde está inmerso, no es acaso equivalente a no quererse o respetarse a uno mismo. Si no me respeto a mi mismo, ¿por qué debo respetar al ambiente? ¿por qué me debería importar lo que digan las leyes o si están bien escritas? ¿por qué me debería importar lo que digan los principios económicos y como afectan a las personas a mi alrededor?

Echarle ganas debería significar, levantarse todos los días y decidir hacer las cosas bien, tratar de entender con profundidad lo que hacemos, ser críticos de las alternativas que nos presentan y llevar a cabo acciones con el objetivo de mejorar nuestra vida y la de la gente a nuestro alrededor. Y de la misma forma empujar por políticas que tengan como objetivo mejorar la vida de la mayoría independientemente de si hay una elección o no.

empresas@eleconomista.com.mx

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

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